Sunday, April 15, 2018

SIN ESCRÚPULOS

En vísperas de las elecciones generales que acabaron con el zapaterismo y llevaron al poder a Mariano Rajoy, el estrambótico -pero a menudo certero- crítico de cine Carlos Boyero hizo una aseveración que regresa diariamente a mi memoria: "se van los tontos y vienen los malos". 

A ver, este tipo de afirmaciones suenan a simplistas y pueriles. El PP está lleno de indeseables, conocemos a infinidad de ellos, pero ya saben que no suelo ser indulgente cuando se trata de rojos corruptos, mezquinos, mafiosos o aficionados a las derivas autoritarias. "El verdadero mal es la profesión política", podría decir alguno... Y es verdad en parte, la profesión política es como el Grand National de la hípica: uno va saltando obstáculos mientras ve cómo los demás van cayendo... Lo peculiar es que en la carrera política los bienintencionados y los idealistas, esos que honestamente creen que la política sirve para construir una mejor comunidad, son los que muerden el polvo, mientras que los cínicos, los interesados, los ambiciosos y los que no cargan con el fastidioso fardo de los escrúpulos llegan a lo más alto del podio. 

Es verdad, pero sólo en parte, porque, con independencia de los criterios que gestionan el poder interno en los Partidos, hay algo mucho más relevante, que es la voluntad ciudadana. Lo diré de una vez: el electorado razonable no soportaría mucho tiempo a una Presidenta de Madrid como Cristina Cifuentes... y no soportaría ni un segundo un portavoz como Rafael Hernando. 

Yo no sé si Cifuentes ha sido o no una buena Presidenta para Madrid. Ciertas actitudes que invitan a la moderación y la autocrítica en el PP me hubieran hecho pensar que Cifuentes era algo menos mala que sus predecesores en la presidencia madrileña, Ignacio González, Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón, tres personajes a los que no confiaría ni mi caja de rotuladores y que parecen formar parte de una estirpe política emponzoñada y abominable. Si la todavía Presidenta tuviera un gesto de honestidad, abandonara la ridícula paranoia y reconociera lo que ya ninguno dudamos, que su currículum ha sido falsificado, al menos se ganaría mi respeto. 

"No he llegado hasta aquí con todos los cadáveres que he dejado por el camino para que ahora me crucifiquen por esta mierda"... Sí, es lo que sin duda dice en la intimidad. Y plantea una cuestión inmediata, si los ciudadanos pueden confiar en alguien que hace trampas en cosas tan serias para dirigir los asuntos públicos. Pero hay en el trasfondo algo mucho más grave y que conviene explicarle a quienes piensan seguir votando al Partido más preñado de corrupción de la historia de la democracia mundial: el PP ha convertido una universidad en su chiringuito. Cuidado, no es una alta escuela de negocios de élite que pagan los potentados, es una universidad a la que va todo tipo de gente y que pagamos los ciudadanos. Me lo paso bomba cada vez que gente tan experta en quedarse el dinero del Estado se siga llamando "liberal", qué cosas. 

Permítanme hablar de Hernando brevemente. Recientemente el siempre agudo y sarcástico -o eso pretende él- portavoz del Gobierno salió al paso de la campaña Armas Bajo Control, llevada a cabo por cuatro ONGS tan prestigiosas e influyentes como Amnistía Internacional, Greenpeace, Intermon Oxfam y la catalana FundiPau. Esta campaña denuncia el contrato de construcción de cuatro barcos de guerra por la empresa española Navatia para Arabia Saudí. Al margen de lo dudoso que resulta comerciar con una satrapía como la saudí, donde los derechos humanos son poco más que una broma, los informes de las organizaciones firmantes prevén que se trata de equipamiento militar para seguir atacando el Yemen. La documentación es demoledora, España viene vendiendo armas durante años a países que los usan para cometer atrocidades y violar sistemáticamente los derechos humanos, y las citadas organizaciones declaran que se está haciendo en secreto y violando la propia legislación española, aparte de la internacional. 

Esto no es culpa del PP, también el PSOE o Ciudadanos han sido conniventes con esta trama repugnante que denuncian las ONGs. El atrevimiento intolerable llega cuando el señor Hernando declaró que esperaba que las ONGs -financiadas con los impuestos- darán trabajo a los empleados de Navatia que irán al paro si se hace lo que las citadas organizaciones pretenden. 

Me cuesta entender que a alguien le haga gracia Hernando, cuyo sentido del humor queda algo grueso para mi gusto. En cualquier caso sería bueno explicarle algunas cosas para que las entienda, por aquello de que a lo mejor sus títulos académicos son algo dudosos. 

Greenpeace, Amnistía Internacional y FundiPau se financian con donaciones y cuotas de socios. La razón fundamental es que nacieron con la pretensión de no tener que depender de tipos como Hernando para llevar a cabo su misión. Intermon Oxfam está vinculada a organizaciones religiosas. Es curioso, yo tengo que aguantar que caballeros como éste me obliguen a financiar a la Iglesia Católica, cosa que detesto, y cuando hacen algo que realmente me parece correcto y acorde con una ética evangélica, va y resulta que a Hernando no le parece bien. 

Los fanáticos de gente como Aguirre o Hernando, es decir, quienes se informan de lo que pasa en el mundo a través de La Razón, el As y Forocoches, son felices pensando que las ONGs se dedican a sacarle el dinero a los incautos para vivir sin trabajar o tirarse a negritas de Haití. 

Tengo una cierta idea de por qué existen estas organizaciones: hace cuatro décadas alguien se percató de que en el laberinto de la política internacional sólo era posible afrontar retos decisivos para la humanidad desde organizaciones surgidas de las sociedades civiles sin distinción de fronteras y capaces de actuar al margen de los intereses de los Estados-Nación. El mundo sería un lugar mucho más siniestro y menos democrático si Amnistía Internacional no denunciara prácticas de tortura, maltrato sexual y formas abusivas de toda índole a lo largo y ancho del planeta, incluyendo los Estados que más presumen de su opulencia y libertades. Greenpeace es la cabeza de una auténtica revolución cultural que se inicia en los años setenta y que ha ayudado a detener o al menos ralentizar prácticas de deterioro ambiental que amenazan con exterminarnos... Intermón lucha contra el hambre en el mundo y aplica al pie de la letra aquella idea del pez y la caña, Médicos sin Fronteras, Save the children, Cruz Roja, Human Right Watch...

Yo no sé si alguna persona que pueda leerme es votante del PP. No consientan esto, por Dios. En este momento hay personas que desinteresadamente está jugándose la vida para salvar a seres humanos de las aguas del Mediterráneo en las que pueden ahogarse en cuanto la patera zozobre. Hay médicos que se arriesgan a contraer el ébola y soportan escenas terribles y tienen que hacer acopio de lo mejor de sí mismos para resistir. Hay quien se arriesga a ser secuestrado y degollado por fanático por seguir tramitando la llegada de medicamentos y comida para miles y miles de refugiados cuyas vidas se marchitan en insalubres campamentos en medio del desierto. 

Hay cuestiones que son de ética mínima... Podemos discutir sobre el lugar de las organizaciones humanitarias, sobre el papel de las instituciones, sobre la legislación internacional... Lo que no podemos es dejar que tipos sin escrúpulos dirijan el país.  

Saturday, April 07, 2018

ICETA Y LAS TRINCHERAS

Leo a Daniel Innerarity porque necesito darme de vez en cuando un baño de realidad. Cuando la determinación de no caer en la melancolía del iluso o el maximalista no desemboca en su otro extremo, el cinismo, entonces empezamos a formar parte de las soluciones y no de los problemas. El mayor riesgo que uno corre entonces es que se le insulte llamándole "moderado" o "neutral", cuando no "cobarde" o "colaboracionista". 

Creo haberlo contado ya alguna vez. Al inicio del "Procés", cuando formulé mis dudas a un compañero independentista respecto a la unilateralidad de la estrategia de la "desconnexió", recibí por respuesta la afirmación indignada y en elevado tono de voz de que "si no es desde la fuerza y la ilegalidad, España no entiende nada". Por la noche, tuve en facebook una conversación en valencià con mi amigo Pakuel en el muro de Alejandro Lillo. Un caballero, por lo visto catedrático de alguna universidad de la España profunda, me acusó de ser un independentista radical cuando reconocí a Pakuel que había que entender que en Catalunya se estaba extendiendo el antiespañolismo. Ni al holligan de la mañana ni al de la noche les dio su apasionamiento y su arrebato de dignidad para escuchar mis explicaciones. El primero no me dejó decirle nada y el segundo simplemente no tuvo la educación suficiente para contestarme. Ya ven, bastonazos por ser blanco, bastonazos por ser negro, qué cosas. 

Vivimos en un entorno muy forofo. La gente lee ciertas publicaciones porque le dicen lo que quiere escuchar, le hacen sentir que su enfado es justo y que los antagonistas son malvados. A mí me parece que todo esto no tiene que ver con el momento supuestamente crítico que vivimos, sino con la falta de pedagogía democrática. No queremos entender que la democracia es por definición decepcionante: su destino es desilusionar a quienes creen que se inventó para diseñar una sociedad a la medida de sus deseos. El resultado suele ser la desafección. 

Dice Innerarity: "los políticos son como los entrenadores de fútbol, los chivos expiatorios o los fusibles: cumplen la función de que podamos echar a alguien la culpa de nuestros fracasos en vez de disolver el equipo o disolver la sociedad". Y añade: "No es que ellos sean incompetentes (o no sólo, o no siempre), es que los problemas que les hemos encomendado son irresolubles mediante una competencia profesional; se exponen a que descubramos su incompetencia porque hemos delegado en ellos los problemas en los que se encuentra la mayor incertidumbre". Más adelante añade:  "los políticos son gente que toma decisiones a pesar de que las informaciones son insuficientes y hay inseguridad en relación con el futuro". 

Y continúo con Innerarity, ya verán a dónde quiero ir a parar: "Todas las decisiones políticas, salvo que uno viva en el delirio de la omnipotencia, sin constricciones ni contrapesos, implican, aunque sea en una pequeña medida, una cierta forma de claudicación". Y concluyo donde empecé: "La democracia es un sistema político que genera decepción, especialmente cuando se hace bien". 

Brillante exposición de una paradoja, la paradoja de un contrato social que no se permite la melancolía de la dictadura, aquel tiempo en que los políticos no se pasaban el día peleándose -eso que ahora nos molesta tanto- y las infinitas corruptelas se ocultaban. 

Bien. Mientras leía La política en tiempos de indignación me venía a la mente insistentemente la imagen de un político: Miquel Iceta. Nadie parece tomarle en cuenta, quizá sea porque es pequeño y feote, quizá porque todos hemos asumido que el PSC empezó su lenta extinción con la desaparición de Maragall. Sea como sea, a mí me pareció una obra maestra de la historia parlamentaria su intervención en el día de la proclamación de la República Catalana por el President Puigdemont. Les aconsejaría revisarla. Péguenle también una miradita a alguna intervención televisiva. Hay por ejemplo una en que un presentador de TV3 le lanzó a la arena para lidiar con Pilar Rahola, uno de los talk showers más esperpénticos de la actual televisión. Mientras Rahola soltaba impertinencias y baladronadas con una dignidad vacua, histérica y maleducada, Iceta defendía su posición con esa mezcla de mesura y pasión que le hace -al menos a mis ojos- tan atractivo.  

En estos días Iceta ha propuesto un gobierno de concentración para sacar a Catalunya del atasco. Nadie le ha hecho caso, nadie ha tomado en cuenta ni por un momento esa posibilidad, incluyendo al PSOE. "Yo con estos, ¡jamás!"... y lo que cada uno de los que dice esto hinchando el pecho no sabe es que es exactamente lo mismo que dice aquel al que detestan. 

Yo no sé si Iceta ha dado con la solución. Lo que sé es que los ciudadanos vivimos muy felices exigiendo a los políticos de nuestra cuerda que no cedan, que no sean pactistas, que adopten la línea dura, que al enemigo ni agua... y todas las demás coletillas inflamadas que tanto gustan a quien no tiene que tomar decisiones. 

Me hago mayor. Cada vez estoy más convencido que lo que de verdad hace admirable a un ser humano no son sus ideales sino la capacidad que tiene para llegar a compromisos. Estos siempre parecen una claudicación. Iceta no es un moderado ni un neutral, su posición es para mí muy clara y sus razones admiten pocas ambigüedades, lo cual está muy lejos de lo que algunos le achacan. No son los tipos razonables los que resultan beneficiados de que las situaciones se enconen. La polarización que vivimos, no sólo en Catalunya, daña la popularidad de quienes no creen que la única solución sea exterminar a los antagonistas. La paradoja es que el resultado es una suma cero con efectos de círculo vicioso, pues resulta que las instituciones llevan meses paralizadas, de lo cual los más dañados no serán los líderes del litigio, sino los ciudadanos. 

Tengo amigos en Catalunya, sé por qué lo digo.  

Friday, March 30, 2018

RAZONES PARA LEER A STIGLITZ (Y II)

Ni Keynes -pater familias de la socialdemocracia- ni mucho menos Roosevelt -creador del New Deal- fueron enemigos del capitalismo. Si algún recalcitrante liberal especialmente obtuso quiere seguir jugando a acusarlos de "marxistas", podemos nombrar también a tipos tan poco dudosos como el macroempresario Henry Ford o el Presidente Richard Nixon... Todos fueron capitalistas mucho más listos que los actuales, pues entendieron que la manera de proteger el sistema no era extremar sus mecanismos más crueles y mortíferos. No eran moderados ni blandengues, eran simplemente tipos cautelosos, como creían en el capitalismo idearon formas de proteger su prestigio y, por tanto, su supervivencia. 

Eso ha faltado en este siglo XXI, por ello seguimos en la lógica de la depresión económica. Mientras la sensación de injusticia crece entre la ciudadanía occidental, estudios de organismos tan insiders como el FMI dan a entender que a los países más igualitarios les va mejor. Al contrario que los Estados Unidos de América, no practican la segregación educativa ni apartan de la protección sanitaria a una gran parte de sus ciudadanos. Y, sin embargo, fue la revolución burguesa norteamericana la que proclamó la igualdad de oportunidades como factor diferencial de la calidad democrática. 

Afirman los neoliberales que la educación y la sanidad públicas no son rentables, pero la escuela segregada asfixia el talento, lo que es nefasto para la nación, y los conciertos con las farmacéuticas y otros servicios médicos producen alzas de precios que alejan a muchos -no sólo a los más pobres- de tratamientos eficaces, lo que provoca que los enfermos no sanen, lo que a su vez termina resultando mucho más caro. En los EEUU hay pocas oportunidades para los pobres, por ejemplo para acceder a la universidad... debemos preguntarnos si eso tiene algo que ver con el gasto increíblemente inflado en prisiones o en la industria de la seguridad y las armas. 

Pese a todo los apologetas del capitalismo financiero siguen sosteniendo la teoría del goteo, según la cual si bajamos los impuestos a los ricos y evitamos las regulaciones laborales, los beneficios que obtendrán terminarán redundando en el conjunto de la comunidad en forma de grandes inversiones. Lo que está ocurriendo con la globalización, sin embargo, es que los Estados luchan entre sí suprimiendo derechos y regulaciones para atraer los negocios, lo cual sólo interesa al 1 por cien más rico. La realidad es que los ricos no gastan más que una pequeña cantidad del dinero que ganan, la mayoría se destina a la especulación para aumentar rentas, la adquisición y conservación de patrimonio inmueble y -al fin lo decimos- a los paraísos fiscales, ese sumidero de la economía por el que nuestras sociedades están arruinándose. 

La tendencia a la desregulación que ha caracterizado al capitalismo desde el reagan-thatcherismo ha desplazado el peso de la economía productiva en favor de su financiarización, lo que provoca esta situación tan extraña a la que nos hemos acostumbrado por la cual las cifras macroeconómicas no obtienen reflejo en la economía real, es decir, la de las personas. Hemos asistido durante años a procedimientos abusivos por parte del sector bancario. Manipulan los mercados, efectúan préstamos predatorios y contratos de tarjetas de crédito con comisiones impresentables, venden activos tóxicos a sabiendas aprovechándose de la desinformación de sus clientes... No sólo han abusado, además han sido incompetentes, y cuando el castillo de naipes se ha desmoronado hemos tenido que salvarles entre todos, con la consiguiente ruina social. 

¿Cómo hemos consentido esta estafa? Según Joseph Stiglitz responde a una distorsión cognitiva muy extendida entre los norteamericanos, que tienden -o tendían- a creer que Wall Street está poblado de tipos que saben qué nos conviene a todos. Sólo así se explica que aún no hayamos entendido que el problema con los partidos está en las donaciones que reciben de las grandes fortunas, las cuales debemos asociar a las célebres puertas giratorias, por las cuales los gestores institucionales saben que si se portan bien con los oligopolios tendrán puestos ejecutivos cuando los ciudadanos dejen de votarles. Los políticos han salvado a los bancos con nuestro dinero... y saben muy bien por qué lo han hecho.

¿Hay solución? Siempre podemos cortarnos las venas o prepararnos para asaltar a sangre y fuego el Palacio de Invierno, pero la cuestión es si pretendemos de verdad solucionar problemas y apagar incendios, o lo que es lo mismo, si deseamos obtener progreso social y no conformarnos con despotricar y deprimirnos. Stiglitz es en esta lógica una lectura especialmente recomendable. 

Debemos empezar por exigir a los gobernantes que obliguen a los bancos a abandonar la actividad especulativa y volver a la misión para la que fueron creados, conceder préstamos para financiar la actividad productiva. Como se viene diciendo desde hace tiempo es necesario establecer gravámenes para la actividad financiera, algo que, por increíble que parezca, no ocurre en los USA, donde la rentabilidad de las operaciones especulativas está menos sometida a la fiscalidad que las puramente productivas o, por supuesto, las del trabajo. Sigo: debemos perseguir la contaminación sancionando con dureza a las empresas que ensucian, de tal manera que deje de serles más rentables pagar pequeñas multas -como en el mejor de los casos sucede hasta ahora- que dejar de ensuciar. Es necesario perseguir duramente la evasión fiscal, para lo cual habrá que prohibir prácticas astutas relacionadas con la domicialización fiscal a la que tan aficionadas son las multinacionales... Por supuesto, hay que acabar con los paraísos fiscales. 

Una conclusión, debemos acabar con la idea de que la Administración debe sostenerse básicamente con las rentas del trabajo, una función esencial para los instituciones democráticas es, de una vez, por todas, atreverse de verdad a gravar las rentas. 

¿Comunismo? No, en absoluto, Stiglitz puede parecer radical en sus denuncias, pero es simplemente sensato en sus propuestas.

 ...Claro que el Comité de Actividades Antiamericanas le habría perseguido a muerte en los años cincuenta, pero, por fortuna, ya no estamos en el macartismo. 


SUSPENSOS

Estoy absolutamente seguro de que la señora Cifuentes cree firmemente que en todo este pifostio que se ha creado en torno a su figura no hay más interés que el de destruir su brillante carrera política, de lo cual seguro que culpabiliza no sólo a los oponentes políticos y a las víboras de la prensa sino también a algunos de sus compañeros de partido, que le tienen mucha rabia. El problema de Cifuentes, y de otros muchos, incluso algunos que se lo están pasando bomba con su drama, es que no acaban de entender la gravedad del problema. La pregunta no es ¿quién no ha hecho trampas para aprobar un examen?, la pregunta es si valoramos el trabajo docente y, por ende, si la sociedad otorga algún papel realmente trascendente a los establecimientos educativos. 

En los últimos dos finales de curso en el centro donde trabajo hemos asistido a una situación que no por repetida deja de parecerme atroz. Tengo un compañero que es especialmente estricto y exigente a la hora de evaluar. No es un sádico, es duro, duro pero justo, y los alumnos lo saben. Deben estudiar mucho su asignatura para aprobarla. Al contrario que otros compañeros, cuando acaba el curso, si su asignatura es la única suspendida, el profesor deja el alumno con ella pendiente, que es exactamente lo que marca la normativa. En los dos últimos años el profesor en cuestión ha sido reiteradamente desautorizado por la inspección de zona, que atendió la reclamación de sendos alumnos suspendidos para obligar al profesor y a los restantes miembros de la junta de evaluación correspondiente a variar la nota y aprobarles. De toda esta historia tan repugnante se deduce una evidencia: las autoridades competentes no reconocen la autoridad de los expertos docentes para decidir si un estudiante está en condiciones de recibir una titulación tan seria y decisiva para su futuro como es la de bachiller. 


Verán, el diario en lengua española más prestigioso, El País, lleva meses dedicando una sección entera al asunto educativo. Intervienen toda suerte de pedagogos, neurólogos y gurús del mindfullness y otros negocios por el estilo. Todos tienen innovadoras propuestas que hacer para salvarnos de la lóbrega oscuridad en que, según ellos, vivimos los docentes en nuestras aulas. Sospecho que algunos dejan deslizar más o menos disimuladamente la conveniencia de exterminarnos -que es con lo que siempre, con razón, han soñado nuestros "clientes", los alumnos-, y que otros ocultan tras sus consejos la intención de forrarse vendiendo algún aparatejo, libro pedagógico, software o gadget para que nuestros niños se conviertan en unos superdotados. 

Muy edificante, sí. No sé por cierto si han notado que se han acallado las tormentas en torno a la Lomce, esa ley educativa genial del simpar Ministro Wert cuyo máximo objetivo era beneficiar a la escuela privada-concertada y volver a implantar a saco la asignatura de Religión. Se nos dijo que habría un gran acuerdo político para acabar de una vez por todas con la volatilidad legislativa en las escuelas, pero a día de hoy ni hay acuerdo ni hay propósito de consenso ni hay nada de nada, algo que en el fondo le viene muy bien a la derecha, cuyo propósito oculto siempre ha sido dejar que la red pública de educación se colapse y quede sumida en la confusión y en la ineficacia. Será la manera de justificar que hay que gastar menos dinero en ella y proteger más a la privada, que esa sí que mola y además es de los curas. 

Déjenme ser pedagógico y un poco cafre. Ya sé que el paradigma del consumo y el fetichismo tecnológico domina nuestras sociedades. También sé que hay ejércitos de tecnócratas y supuestos sabios de la innovación educativa -con sus empresas frotándose las manos- esperando para invadir las escuelas, cosa que ya están consiguiendo con la complicidad de la derecha y, en ocasiones, con la obtusidad de los sectores más ingenuos de la izquierda. Pero, verán, los centros educativos no son El Corte Inglés, su motivación no es la satisfacción del cliente. Desde la Asamblea Nacional creada por la Revolución de 1789, los Estados democráticos están obligados a asumir una responsabilidad muy seria con respecto a la instrucción de sus ciudadanos, a los que debe primero civilizar suministrándoles un relato común sobre su misión como miembros de la comunidad. Este propósito ha sido olvidado porque nuestras sociedades -y por tanto nuestros jóvenes- ya no saben qué fines tiene la escuela. Como dijo Neil Postman, ya no son "centros de atención" sino de "reclusión". En ese contexto el aburrimiento y la indiferencia lo envenenan todo. Y eso no van a solucionarlo cuatro tecnócratas papanatas vendiéndonos programas de software para "gamificar" la dinámica del aula. 

Los profesores no suspendemos a los alumnos para fastidiarles, sino porque cuando juramos la Constitución entendimos que el Estado democrático nos había elegido para educar a sus jóvenes. Eso incluye, así lo entendimos, exigirles esfuerzo y dedicación. Es cierto que algunos alumnos se esfuerzan con menos éxito que otros. Por eso se les conceden segundas opciones. Quiero que mis sobresalientes respondan al reconocimiento de un gran mérito, y quiero que el que aprueba sienta que ha hecho algo más que el que simplemente se ha tocado las pelotas. Puedo aprobar también a este si la inspectora se empeña, pero estaré maltratando al que ha hecho méritos, y el resultado será que su título no valdrá nada. Y habrá algo peor. Podemos extender este criterio a los estudios más especializados, ¿por qué no? Así, un día un cirujano inepto, al que hayan aprobado por nada, me tendrá que trasplantar el hígado y yo moriré desangrado como un cerdo sobre la camilla. O también ocurrirá que mis seres queridos mueran tras caer sobre el puente mal construido por un ingeniero al que le dieron el título porque algún inspector se empeñó. 


Desgraciadamente, una de las panoplias que últimamente escuchó más entre los gurús -esos que por lo general jamás han olido un aula- es que la repetición de curso es una medida equivocada y a extinguir. También estamos cada vez más cerca de eliminar definitivamente las notas numéricas y calificar -como ellos dicen- "por competencias". Quizá con todo eso se acabe con el fracaso escolar: ya que suspenden mucho, la solución es que les aprobemos a todos por el morro, eso ya lo sabía yo antes de leer a los genios que salen en El País. El único pequeño problema es que con esa medida nos cargamos definitivamente el aula, pero como eso lo voy a sufrir yo y no ellos, asunto solucionado. 

Por favor, déjennos trabajar en paz. No podemos evitar que nuestros alumnos -a los que queremos más de lo que la gente piensa- vayan encaminados a una sociedad inhóspita y despiadada donde no hay trabajo formal ni vivienda ni seguridad social... Pero al menos déjennos que les invitemos a esforzarse y a no caer en el cinismo y en la corrupción moral.

... Claro que siempre pueden hacer como Cifuentes. Acaso les vaya mejor.  

Saturday, March 24, 2018

RAZONES PARA LEER A STIGLITZ

Van apareciendo últimamente algunos textos en defensa del liberalismo. El más destacado es La llamada de la tribu, nada menos que de Vargas-Llosa, quien dice haberse decidido a lanzar este escrito ante el aluvión de calumnias que viene recibiendo el pensamiento liberal. Se me ocurre en primer lugar que si el liberalismo, o para ser más exacto, el neoliberalismo, se ha desacreditado en nuestros días -después de más tres décadas de incontestable hegemonía ideológica y de haber inspirado la agenda de la globalización- quizá sea porque se lo merece. Si me aceptan un consejo, no pierdan el tiempo con los escritos políticos de don Mario, por lo general son bastante cutres, por lo general no van mucho más allá de intentar convencernos de lo malos que son los comunistas, lo cual me suena a ganas de apuñalar a un cadáver. Dado que dedica su ensayo a una serie de prestigiosos autores que "le abrieron los ojos", permitanme que les recomiende leer directamente a dos de ellos, Isaiah Berlin y Raymond Aron. 

Les doy otro consejo, lean a un señor al que seguro que el novio de la Preysler no conoce: Joseph Stiglitz, Nobel de Economía en 2001. 

Debemos empezar por preguntarnos por qué, además de desacreditar a los herederos del neoliberalismo de Hayek y Friedman, la Gran Recesión ha desencadenado el interés por autores de raíz socialdemócrata o keynesiana como el citado Stiglitz, Paul Krugman -Nobel en 2008- o Thomas Piketty. Joseph Stiglitz, que cuenta ahora setenta y cinco años, inspiró el eslogan central del movimiento Occupy Wall Street, que tomó en 2011 las calles de la sede financiera de Nueva York: "Somos el 99%"

Nació en Gary, una localidad industrial de Indiana donde, en contra del prejuicio de los treinta años gloriosos, si uno pertenecía como él a un sector social poco acomodado había que trabajar muy duro para abandonar la pobreza. Para Stiglitz es esencial ese matiz, pues considera que fue la educación pública la que le permitió salir adelante. Este dato biográfico no es anecdótico. Stiglitz cree que la desigualdad creciente en el nuevo siglo rompe con el sueño americano del que él -¿por qué no reconocerlo?- se considera beneficiario: prosperar hoy desde la pobreza se está volviendo imposible. 

Cuando empezó a dedicarse a la investigación Stiglitz descubrió que la economía académica caía usualmente en un error básico: no consideraba que la desigualdad fuera "su" tema. El economista se preguntaba siempre cómo aumentar la tarta, no como distribuirla, lo que según Stiglitz obedece al viejo prejuicio tecnocrático según el cual la economía y la política son realidades que podemos tomar por separado. 

Los diagnósticos de partida respecto a la evolución de la economía globalizada son rotundos: la desregulación de los mercados operada desde el reagan-thatcherismo y la financiarización de la actividad económica han causado la colosal crisis que, como recordamos, arranca de los EEUU. Las medidas paliativas no han funcionado porque fueron diseñadas por el 1% con el único objetivo de beneficiarse a sí mismos, provocando un nuevo traslado de riqueza desde las clases bajas y sobre todo medias hacia las élites. Desde aquellas medidas se recomendaba exigir a los bancos que recuperaran la inversión en economía productiva y abandonaran la especulativa, cosa que no han hecho. El resultado de este proceso, en los EEUU y en gran parte del resto del mundo, es que la situación del 99% se ha estancado porque rescatar a unos bancos depredadores nos ha arruinado.  

No es casualidad que los ensayos más populares de Stiglitz versen sobre la desigualdad. Más que neoliberal, lo que tenemos es "capitalismo de pacotilla", forma económica cuyo objetivo, por surrealista que parezca, no es crear riqueza. Podemos resumirlo en la célebre fórmula: "privatización de las ganancias, socialización de las pérdidas". Es llamativo que frente al autorrelato glorioso del capitalismo y pese a la explosión tecnológico-productiva, las desigualdades no hayan menguado en el último cuarto de siglo. En sociedades tradicionalmente desarrolladas como las occidentales las desigualdades han aumentado, lo cual erosiona el principio de igualdad de oportunidades y, para mal de todos, malgasta el talento de muchos ciudadanos. Son, frente al relato neoliberal, síntomas diáfanos de ineficacia, como lo son el poder omnímodo de los lobbies y los monopolios. 

Pero, ¿por qué es tan mala la desigualdad? No digo que lo sea, como es obvio, para los losers, lo es en realidad para el conjunto de la sociedad. Cuando la concentración de riqueza es mayor, menor es la demanda agregada, lo cual genera paro y, por tanto, en una forma típica de círculo vicioso, baja todavía más la demanda. Las burbujas tecnológica o inmobiliaria son malas fórmulas paliativas, pues a la larga no hacen sino agravar la enfermedad. El verdadero problema es que los grandes agentes económicos viven entregados en países como EEUU a la captación de rentas, es decir, a la especulación financiera, lo que va en detrimento de la actividad productiva y el rendimiento social. Quizá los nuevos ídolos de la informática o la bio-tecnología sean un problema, pero no son "el problema", quienes verdaderamente han intoxicado la economía son los rentistas-especuladores...

...CONTINUO MAÑANA CON STIGLITZ SI LES APETECE

Saturday, March 17, 2018

AFORISMOS PARA FASTIDIAR. EL ODIO.

1. Quienes me odian porque les he dado motivos... qué tediosos y previsibles resultan en su rencor. Por contra, aquellos que me odian sin motivo... que misteriosa fascinación ejercen a mis ojos. Repudian lo que soy, lo que represento... experimentan aversión ante cualquier cosa que hago, incluso cuando respiro. Algunos -estos son los mejores- a duras penas  alcanzan a disimular su rechazo. En su hostil vigilancia cuidan de mí con un mimo y una dedicación que dudaría en exigir a mis allegados.  

2. Cuando leí mi tesina en la Universidad intervinieron dos catedráticos. Una hizo todo lo posible por destruirme, intentó ridiculizarme, porfió reiteradamente en su intervención para convencerme de lo pequeño e insignificante que yo era. El otro, un tipo de enorme talento y con un prestigio que nadie se atrevía a cuestionar, adoptó ante mí una actitud condescendiente y me perdonó la vida... Incluso elogió algunos aspectos de mi trabajo que le parecían valiosos. Qué aristocrática distinción la de aquel hombre: simplemente él no me temía. 

3. ¿Quieres que nadie te odie? Prueba a cortarte las dos piernas y sal a la calle en silla de ruedas. 

4. Los curas de mi colegio eran por lo general odiosos y mezquinos. Un día llegó uno de las misiones -se llamaba Vicente-  que tenía el poder hipnótico de los santos. Las clases de Religión de Vicente son lo más cerca que he estado de creer en Dios. Le amábamos y, en los pocos meses que pasó con nosotros, dejó una huella indeleble. Sin embargo uno de mis amigos manifestó reiteradamente su aversión por Vicente: "No lo trago", decía a menudo. Deberíamos extraer conclusiones de aquello. Hagas lo que hagas, aunque como un mártir te entregaras con todo el alma a las más nobles proezas, jamás podrás gustar a todo el mundo. 

5. "¿Por qué no le quieres?", preguntaba a menudo mi madre con profunda frustración a mi abuela refiriéndose a su marido, es decir, a mi padre. Mi abuela nunca supo qué contestar. Era como preguntarle a un escorpión por qué odia a las mangostas. 

6. Algunos tipos perspicaces, cuando regresan de un viaje por el Medio Oeste de los Estados Unidos dicen que en las praderas desiertas se presiente, como un ejército de fantasmas, a la raza que los invasores blancos aniquilaron en un lapso de tiempo de espeluznante brevedad. Dijo Bauman que la modernidad empezó el día en que un Príncipe creyó que era posible extirpar el Mal de la faz de la Tierra exterminando a las colectividades que le molestaban. Pero no se extermina impunemente, el hueco que deja una tribu suprimida deja una atmósfera cargada de hechizos. 

7. Ningún sentimiento más bíblico, más ancestral que la venganza. No soy ajeno a él, pero sé que no se sobrevive a su consumación impunemente. La venganza es el mayor veneno inventado por el hombre.  

8. Me deja tan perplejo que la Tierra no haya decidido aún librarse del mono raro que somos... ¿No lo merecemos más que los saurios? A veces me pregunto si nos prepara una extinción humillante y dolorosa.

9. Imposible para nosotros leer la Biblia sin espantarse ante sus ruindades, venganzas y sangrientas arbitrariedades. Los Evangelios, por contra, inclinados a la superioridad moral... qué irritante ladrillo.

10.  Los grandes relatos sobre el odio, la venganza y la crueldad sólo son posibles a costa de asumir que la existencia humana es un trágico sinsentido. Piensen en Edmundo Dantés contra quienes le delataron falsamente en El Conde de Montecristo, Ethan Edwards contra Cicatriz en The searchers de John Ford, Ripley contra el alienígena en las distintas entregas de Alien... Lo relevante de tan sombrías historias no es la justicia del ritual sangriento que llevan a cabo, ni la endemoniada malignidad del enemigo... Lo que realmente les otorga grandeza -y esto lo entendió Shakespeare como nadie- es que el odio y su poder destructivo contaminan de tal manera a quienes lo ejercen que sólo completarán su venganza a costa de quedar envenenados para siempre.  





Friday, March 09, 2018

MOVIMIENTOS DE MASAS

Siempre hemos sabido que son los movimientos de masas los que cambian el mundo. ¿Cómo distinguirlos del academicismo estéril, la corrección política o el simulacro cool del marketing? Pensemos en el proceso que conduce a la gigantesca movilización del pasado jueves. Una sombra de indignación ante la evidencia de una larga serie de injusticias y humillaciones va ganando peso hasta que se desencadena una gran tormenta, después de la cual ya nada vuelve a ser lo mismo, y uno no puede oponerse sin quedar retratado. Mal retratado, por supuesto.  

"Después se olvidará todo, habrá como mucho cambios cosméticos y la derecha sociológica volverá a imponerse". El hecho de que esto tenga algo de verdad no cambia lo esencial: las multitudes, cuando son capaces de unirse en torno a una idea básica, producen terremotos. Y, ante ello, incluso los mandarines se ven obligados a posicionarse, aunque sea sólo para ponerse a cubierto o para mentir arguyendo que ellos también están con la causa. 

La rectificación del Presidente Rajoy en los últimos días obedece a esta lógica. Cuando en la radio le preguntaron por algo tan tangible como la discriminación salarial por razón de género, contestó rechazando la sola posibilidad de dar instrucciones a los empresarios sobre qué sueldos deben pagar. Con ello, dentro del estilo tan cutre que le caracteriza, Mariano definió la esencia del neoliberalismo: olvidar que la obligación de un gobernante es precisamente legislar para combatir los abusos. Unos días después cambiaba de opinión, y el jueves incluso le vimos con el lazo azul, lo cual demuestra que hasta los más reaccionarios, los que siempre se oponen por sistema a cualquier cambio que cuestione privilegios asentados, se ven obligados a disfrazarse cuando el viento arrecia. 

Más allá del muro reaccionario, entiendo que pueda generar cierta confusión el carácter tan novedoso de una movilización como ésta. Ya pasó con el 11-M. Las sociedades están tranformándose a una gran velocidad, por todas partes aparecen nuevas formas de trabajo y de ocio, nuevos lenguajes, nuevas formas de explotación y de comunitarismo...quien espere para sumarse a una protesta a que las viejas formas de la Revolución asomen va a tener que quedarse en casa. Ese carácter multiforme de las formas de resistencia va a ir ya definitivamente asociado a cualquier reivindicación que merezca la pena defender. Debemos asumir la radical disparidad de las formas de sujetivación, o, por no ponerme demasiado foucaultiano, las sociedades contemporáneas han convertido en innegociable la autonomía moral y la singularidad de los individuos. 

En cualquier caso hemos de salir del aislamiento. Sostengo que es la evidencia de la dominación y la injusticia lo que puede unir a tantas y tantas fuerzas fragmentarias. 

Movimientos como el del día ocho plantean a nivel global el gran desafío al que nos enfrentamos quienes seguimos creyendo que la democracia y el bienestar están permanentemente amenazadas. Feminismo, movimientos como el LGTB, organizaciones globales que defienden los derechos humanos, ecologismo, precariado, foros alterglobalización... Creer que la fragmentación de la resistencia es un mal a evitar es no entender la complejidad de la realidad social en que nos movemos. No se trata de uniformizar ni a sujetos ni a colectivos, ya sólo los dogmáticos pueden soñar con eso. El reto es encontrar los nexos que puedan vincular los distintos territorios de lucha en movimientos que, sin estrangular la especificidad de cada uno, afronten proyectos comunes. 

Incluso quienes no somos mujeres hemos aprendido algo importante estas últimas semanas: no es verdad el "No hay alternativa" proclamado hace décadas por aquel ser odioso llamado Margaret Thatcher. Aquello inspira el "No se puede" con el que nos intoxicaron durante los años del austericidio y los recortes. Ahora sabemos que eso es más bien lo que los reaccionarios querían que pensásemos, es decir, que renunciemos a la política y, por tanto, a la ciudadanía.  

Sí se puede, desde luego, pero llega el momento de hacer que lo que ocurrió el ocho de marzo no se quede ahí.