Friday, November 30, 2012




MÍSTER MARSHALL

Es posible que la mayoría de ustedes tengan el buen criterio de no ser aficionados al fútbol. Bien pensado no se pierden gran cosa. Se trata de un juego algo brutal -se tramita con los pies-,  contiene fuertes dosis de injusticia e imprevisibilidad y parece haber sido inventado para que lo practiquen los villanos, lo cual explica ese fenómeno tan curioso por el cual el buen jugador no es el que respeta las reglas, sino más bien el que conoce el arte de violarlas. Fíjense por pura curiosidad en lo que pasa durante el lanzamiento de un corner, lo que se hacen defensas y delanteros desde bastantes segundos antes del lanzamiento, la intervención del árbitro... todo es un ejercicio de violencia profundamente innoble y, al mismo tiempo, una grotesca mascarada. Podríamos hablar también de la tendenciosidad en los organismos federativos, que adulteran a menudo la competición de élite; la zafiedad en la que se desenvuelve toda esa verborrea tan atorrante de las ruedas de prensa, los titulares de los diarios o las entrevistas a pie de campo; la instrumentalización de los políticos, que convierten emblemas estrictamente lúdicos en signos identitarios; la irracionalidad que se extiende a menudo por graderíos y barras de bar y que suele venir preñada de furia destructiva y ánimo pendenciero...


Yo todo esto lo he sabido siempre, y sin embargo no recuerdo haberme alejado de este juego con sincera convicción una sola vez desde que mi infancia asomó al uso de razón y presentí aquella euforia en mi casa porque el Valencia había quedado contra pronóstico campeón de liga. Supongo que las causas de esta patología con aire de adicción insalubre son de tinte emocional: mi abuelo fue la primera gran estrella que tuvo el Valencia, y sospecho que eso ha marcado para siempre el destino de mi familia, y, muy especialmente, la naturaleza de uno de los espacios más sensibles y oscuros de mi educación sentimental. No me paso el día viendo partidos de fútbol, no se crean; es más, últimamente apenas los veo y, en todo caso, cuando pongo la tele o la radio porque echan fútbol lo hago casi para que me acompañe, como si me atrajera ya más el fondo musical que la peripecia concreta, como si ya no encontrara nada realmente nuevo en lo que se desenvuelve ante mis ojos y todo sonara a episodios ya vividos, como si el fondo de mi alma sospechara que los momentos de más ilusión ya fueron hace tiempo y no regresarán.

En los últimos días hemos sabido a través de la prensa valenciana de la existencia de un proyecto de adquisición del Valencia cf por una supuesta corporación, grupo inversor o, si les apetece, banda de amigos que dicen tener un dinero que no tienen y que, si lo tuvieran, seguro que en ningún caso se lo gastarían en pagar las deudas del Valencia cf. Por sorprendente que resulte hay quien parece dispuesto a creerles, una candidez que no deja de maravillarme. Su cabeza visible, un costarricense llamado Alvarado, dio a entender que inyectaría tal cantidad de dinero en el club, que no solo la bestial deuda contraída por la institución durante los nefastos periodos de Francisco Roig o Juan Soler quedaría definitivamente zanjada, sino que reiniciaría las obras del nuevo estadio - en stand by desde hace años-, evitaría la hemorragia de estrellas del equipo que van siendo traspasadas año tras año o, incluso, ficharía nuevas figuras para configurar un equipo de campanillas. Preguntado por el interés de alguien como él, llegado de tierras tan lejanas, por una empresa cuyo estado financiero aterrorizaría a cualquier hombre de negocios mínimamente sensato, el licenciado aclaró que había sido seguidor del Valencia desde su más tierna infancia. Sospecho que como él debe haberlos a puñados en Costa Rica y que hay suicidios en masa en sus playas cada vez que Roberto Soldado falla un penalty.


Después del rebombori mediático producido a cuenta de la pirotécnica irrupción de estos caballeros, hemos sabido que Bankia, acreedora del Valencia y, en consecuencia, dueña a efectos prácticos del club, ha considerado poco fiables las pruebas de solidez financiera que ha ofrecido el tal Alvarado, por lo que todo parece haber quedado en una de esas aguas de borrajas con las que nos divertimos un par de días. No dejo sin embargo de hacerme una pregunta: ¿cómo es posible que tantos seguidores del Valencia den cuartelillo al primer cantamañanas que llega de cualquier parte del mundo prometiendo sacarnos de la miseria a cambio de nuestra cara bonita?

Aventuro una respuesta. En este asunto se juntan dos cosas. Por un lado, está la sociología futbolística. En torno a este juego se amontona muchísima puerilidad. No son necesariamente jóvenes los aficionados, es más bien que la madurez con la que los adultos tratan sus asuntos profesionales o familiares se la dejan en el armario cuando acuden a un estadio, convirtiéndose en hooligans que parecen creer que la casita de chocolate la ha puesto en el bosque la bruja por qué le gusta que los niños sean felices. Por otro lado, hablamos del País Valenciano, una tierra misteriosamente proclive a creerse destinada a la prosperidad. Cuando nos va medio bien, jaleamos a un presidente autonómico que nos empuja hacia el precipicio por la vía de los grandes fastos y un despilfarro delirante si afirma que "somos la California del Mediterráneo". Cuando nos va mal, como ahora, creemos que somos una chati muy guapa y que van a venir del extranjero a desposarnos y devolvernos a la opulencia que nos merecemos.


El pequeño problema es que la vida no funciona así. Estamos en medio de una crisis terrible. Si cedemos a la desesperanza estaremos equivocándonos tanto como si prestamos oídos a la legión de vendedores de crecepelo que ya proliferan por las calles, las barras de los bares o las cadenas de televisión. Lo que ha ocurrido con los clubs de fútbol en España participa de la misma lógica que afecta al global de la economía y la política: algunos han alcanzado fama y fortuna a cuenta de la pasividad, cuando no de la venia de los muchos; cuando el estropicio ha sido ya notorio han salido corriendo con el dinero y han dejado las instituciones en los huesos. Al mundo del fútbol van a parar algunos de los mayores desaprensivos del mundo empresarial. Conozco a varios de ellos, los he seguido durante mucho tiempo, y son lo peor de cada casa. No digo que toda la gente del fútbol sea así, lo que digo es que cuando un zángano sin escrúpulos y con vocación de estafador planea los pasos que quiere dar, es raro que no se plantee el del fútbol como un territorio goloso. La razón hay que encontrarla en la pueril candidez de los aficionados, incapaces de entender, por lo visto, que de este escenario tan duro solo escaparemos arrimando el hombro, peleando contra los mandarines por nuestra dignidad y, como se corea en el graderío, echándole huevos al partido, un partido que, ahora mismo, tiene pinta de perderse por goleada.

Les dejo, creo que hay fútbol...

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