Saturday, December 16, 2017

¿POPULISMO?

¿De qué hablamos cuando hablamos de populismo? Se asocia el concepto a demagogia, a enunciaciones destinadas a remover vísceras, a formulismos huecos y con más "pegada" que elaboración, a radicalismo inconsecuente, a manipulación de las masas... Se llama populista al Frente Nacional porque ha capturado astutamente los temores del proletariado francés, redirigiéndolos hacia el racismo. En el otro lado del espacio ideológico convencional, nos encontramos a los griegos de Syriza o a los españoles de Podemos, especies supuestamente oportunistas que, con ocasión de la recesión y la masiva venalidad de los políticos, habrían configurado un discurso simplista pero muy mediático, capaz de atraer votos de castigo hacia el stablishment desde el señuelo del anticapitalismo y la lucha de los "de abajo" frente a la oligarquía del dinero y a sus esbirros de La Casta. 

Puedo tener muchas cosas contra Podemos, y tengo muchas más contra Le Pen, contra Trump, y, si hacemos memoria, contra Jesús Gil... pero lo que me nace no es enfocar mi malestar en la acusación de populismo. Y el caso es que aparece continuamente y es usada por tipos muy sesudos, que parecen encontrar en ella la gran amenaza para nuestras sociedades democráticas. 

Yo tengo mis dudas, y el ensayo que acabo de leer, Las razones del populismo, de Ernesto Laclau, me ha ayudado a resolverlas, o, como mínimo, a ponerlas en sus términos correctos. 

Si yo entiendo bien a Laclau, el problema es que pensamos en el populismo como una desviación, una patología del sistema que aparece cíclicamente en ciertos contextos. Por el contrario, el populismo es el factor esencial en la construcción de lo político. No es una opción y menos un accidente, es el elemento constitutivo de lo político. Laclau lo entiende como un agregado de demandas heterogéneas que encuentran normalmente un enemigo común y que se acogen para identificarse a una serie de significantes vacíos, es decir, conceptos que por resultar indefinidos y abstractos, cumplen la función de cementar una estructura determinada, pudiendo trasladarse a otro contexto para hacer el mismo papel con una estructura diferente e incluso opuesta a la anterior. 

Seré más claro. Todos los populistas surgen con vocación de enfrentamiento con un supuesto statu quo. Pueden ser "esos burócratas corruptos de Washington", los políticos que meten la mano, los banqueros... pero también los lobbies gays, las feministas o los colectivos que otorgan "privilegios" a los inmigrantes. No hace falta recurrir a fórmulas agresivas: la Libertad, la Democracia, el Trabajo, la Clase Media, la Familia... Todos estos valores pueden ser empleados como significantes vacíos para lo que Laclau considera que es el momento clave del proceso, la voluntad de una plebs (autodefinida como "los de abajo", supuestos damnificados del orden vigente) por convertirse en el populus, es decir, por presentarse como mayoría moral destinada a asumir la hegemonía. 

Si esto es así, entonces corremos el riesgo de tropezarnos por doquier con trazas de populismo. La idea de patria, o incluso la de la defensa de la Constitución, pueden ser usadas como esos significantes vacíos que se emplean contra otro significante, el Nacionalismo, que se acepta en un contexto conflictivo determinado, pero que resulta sumamente abstracto si se intenta definir para cualquier contexto. Así, Puigdemont habla de democracia o de voluntad popular, términos a los que también se refiere Rajoy.  Le Pen  maneja conceptos similares a los que en otro contexto utiliza Podemos, que habla a menudo de "los de abajo".  Hace años -algunos de ustedes lo recordarán- el vicepresidente del Gabinete González, Alfonso Guerra se erigía en defensor de los "descamisados". 

¿Ven a dónde voy a parar? Sospecho que la imputación de populismo empieza a ser abusiva, no porque tal cosa no exista, sino porque quienes la utilizan no terminan nunca de definirla, lo cual genera confusiones que terminan volviendo infructuoso el debate. 

Déjenme referirme al caso Trump, uno de los más fascinantes de los últimos decenios. Donald Trump es un facha de manual, sus principios son zafios y la imagen que nos hemos hecho de su electorado es la de un blanco avinagrado, el cual ha visto precarizarse su situación profesional y afirma ante una pinta de cerveza que el Estado le roba sus impuestos para financiar sus corruptelas o los programa de asistencia a vagos y delincuentes. 

¿Manipulación? ¿Demagogia? Sin duda, pero hay algo más. La precarización del mercado laboral y el desclasamiento de grandes capas de población es consecuencia de que son tipos como Trump los que han impuesto una agenda económica que, desde los años del reaganismo, propaga la especie de que el Estado es el mal y que la libertad consiste en ahorrar costes, evadir el fisco y hacerse rico. Cuando la evolución del capitalismo contemporáneo muestra que sus verdaderas intenciones consistían en trasladar astronómicos activos económicos desde las clases bajas o medias hacia una minoría, entonces reaparece el fantasma del supremacismo blanco, personificado por un magnate que odia a los inmigrantes y pone a las mujeres en su sitio. 

Trump contiene un toque antisistema que, en realidad, es resultado de la ira de mucha gente. ¿De verdad creemos que toda esa gente podía confiar en un personaje tan del stablishment como Hillary Clinton? Trump es un populista, no tengo dudas, pero él no ha inventado las claves del populismo. Estamos ante una criatura surgida de un largo periodo histórico durante el cual se nos ha convencido de que el Estado del Bienestar es ruinoso, que la política es una mentira de los burócratas, que los inmigrantes vienen a robar y que el dinero es el único dios al que debemos adorar. 

Saturday, December 09, 2017

LO QUE QUEDA DE LA REVOLUCIÓN RUSA

Mi problema con el comunismo es que siempre me pareció inconcebible. Me sonaba a algo así como que los leones dejaran voluntariamente de comerse a los ciervos. Yo no celebro la Revolución Rusa por la misma razón que no celebro la Francesa o la globalización, son procesos históricos demasiado gruesos, no me veo en condiciones de declararme partidario o detractor porque no me gusta hacer el ridículo. 

En cualquier caso nunca fui comunista. Bueno, sí, una temporadita, pero por fastidiar a los curas. Después me pasaron cosas, por ejemplo que empezó a chirriarme mucho eso de ir cantando loas a la causa proletaria para luego irme a casa a ver la Copa de Europa y seguir viviendo a la sopa boba de mi señor padre. Otra que me ocurrió es que algunos de los hijos de puta más grandes que he conocido en mi vida eran convencidos leninistas. Con el tiempo he entendido que Lenin no tiene la culpa de eso, pero no termino de quitarme de encima la consideración de que un leninista es un tipo que, con la excusa de la estrategia revolucionaria para derrocar a la burguesía, no tiene el más mínimo inconveniente en manipular a algunos ingenuos para, llegado el momento, "sacrificarlos" por la causa. 

Entiendo bien que los tipos como yo son farragosos, le ponemos peros a todo y así no hay manera de tomar el Palacio de Invierno. Pero al menos, mi condición de escéptico protege mi lucidez lo bastante como para no caer en la defensa de según qué atrocidades.

Por ejemplo, no puedo entender cómo alguien que dice ser de izquierdas, lo cual para mí significa ponerse del lado de los derechos y las libertades, se dedica a defender prácticas políticas autoritarias. Una cosa es que uno denuncie la hipocresía con la que los reaccionarios se ceban con Venezuela o Cuba y otra es tomar como modelo formas de gobierno que parecen extraídas de una novela de García Márquez. El poder creciente de China no asusta tanto por la pérdida de los referentes ideológicos del maoísmo como porque China, ahora y antes, significa que los derechos humanos valen poco. Y todo esto sin referirme al esperpento norcoreano. 

Temer la disidencia es de cobardes. Levantar paredes y alambradas para que no entren los de afuera es cuestionable, pero hacerlo para que no salgan los de adentro... ¿nos damos cuenta de que es una pura autorrefutación? Es verdad que la Caída del Muro de Berlín no ha traído las libertades que esperábamos, pero era muy mezquino no experimentar en aquellos días la sensación de que uno de los símbolos de la tiranía se desplomaba en el corazón de Europa. 
Añadiría que el comercio es una inclinación universal irrenunciable y necesaria, que el impulso de competir es legítimo, que la burguesía es autora de la mayoría de referentes culturales que amamos, que Marta Harnecker es una pelma... No sigo, el comunismo, entendido como modelo ideológico de oposición radical al capitalismo, se halla en un momento que no sé si es de disolución o de reconfiguración. 

Advierto, sin embargo, que entre los pecios que quedan de ese naufragio hay mucho que rescatar, empezando por los textos de Marx -al que se habrán dado cuenta de que aún no había nombrado- y siguiendo con los de Gramsci y tantos otros, algunos de ellos tachados torpemente de "revisionistas" por los devotos de Stalin. 

Tengo razones, ya las expondré, para pensar que una izquierda heterogénea pero global está configurándose en la actualidad y desde los últimos años del siglo XX. Se vistió de largo con los disturbios de Seattle en 1999 y ha ido atravesando distintas estaciones de paso hasta hoy, desde el nacimiento del Foro Social Mundial hasta los episodios de los Indignados, Occupy Wall Street o la Primavera Árabe. 

Están ocurriendo demasiadas cosas y el mundo cambia demasiado deprisa para quedarnos en bucles melancólicos y seguir flotando entre viejos dogmas. La izquierda se encuentra en una fase de incertidumbre, lo cual es angustioso pero también fascinante. Como dijo recientemente Zizek: "bienvenidos a tiempos interesantes".    

Saturday, December 02, 2017

A VUELTAS CON STILL MORRIS



Muy divertida resultó, después de todo, la presentación en la Librería Ábacus de Cambio de ritmo, el libro de Eloy Pardo, más conocido en los ambientes musicales como Still Morris. 

Me hizo el honor de convertirme en introductor y salvé el trámite lo mejor que pude. Debo reconocer que incidí más en la larguísima experiencia biográfica de Pardo como empleado de banca que en su faceta musical. Quizá sea porque siempre he sospechado que el arte se explica por sí mismo, de ahí que fuera mucho mejor que Eloy hiciera de Still Morris, su alter ego musical, e interpretara en vivo y en directo algunas de sus canciones, y no que yo intentara explicar su sonido. 

Conviene tener presente el hecho que otorga singularidad al personaje y que le hizo ser incluso protagonista de algún periódico y algún telediario hace ya unos cuantos años: Pardo llegó a ser un más que notable ejecutivo financiero. En el momento en que menos cabía esperarlo, justo cuando los suelos de mármol de los corredores del Poder se alfombraban para él, Eloy Pardo decidió saltar del tren en marcha y convertirse en el músico que siempre llevó dentro. Y ello aunque, por dejar de platicar de negocios en doradas oficinas con los amos del cotarro, su destino pudiera ser tocar para casi nadie en un tugurio nocturno 

Aproveché el momento para formularle algunas preguntas que el libro alimenta y que yo ya hace mucho que me vengo haciendo: ¿fueron los noventa una farsa? ¿en qué momento el capitalismo se volvió loco? ¿cuándo las cajas de ahorro olvidaron su sentido fundacional y se convirtieron en máquinas de hacer dinero?...

A lo largo de la última década, y como consecuencia del shock colectivo provocado por la recesión, nos han intentado convencer -creo que con éxito- de que somos culpables de haber vivido "por encima de nuestras posibilidades", y que ahora lo tenemos que pagar. También nos han dicho que los Estados ya no pueden sostener la sociedad del bienestar y que es mejor desembarazarnos de ellos, que la única alternativa al capitalismo es más capitalismo, que la precariedad es el destino de nuestros jóvenes y los empleos seguros una especie en extinción... 

Un oligarca norteamericano dijo recientemente que la lucha de clases -aquello de lo que tanto habló Marx- sí existía, y que por ahora "nosotros vamos ganando". Con la globalización el mundo tiene nuevos amos, y su objetivo no es otro que servirse de las crisis y el miedo de la gente a desastres aún peores para continuar con el proceso actual, es decir, seguir trasladando riqueza desde las clases medias y humildes hacia las grandes fortunas. 

No quiero confundirles, ni Cambio de ritmo es un diagnóstico sobre los males de la sociedad tardoindustrial ni Eloy Pardo fue un quintacolumnista anarcoide empeñado en destruir el sistema desde dentro. Lo interesante de la crónica que nos ofrece es que el protagonista reúne la lucidez suficiente como para observar y dar cuenta fríamente de una lógica financiera respecto a la que se sabe no inocente, pues participó de ella durante décadas. 

En algún momento, ya en plena madurez, experimentó un temor difícil de describir pero que conocemos muy bien quienes sufrimos de vértigo. Es un mal de altura, un misterioso mareo que, desde muy adentro, nos indica que si damos el paso para crecer más, para expandir todavía más nuestras ambiciones y acceder a los cuadros de mando más elevados... entonces nuestro propio poder, nuestra grandeza, nos destruirá. 

En algún momento, mientras el capitalismo enloquecía -antes de empezar a morir de su falso éxito- Eloy Pardo hizo lo que seguramente ninguno de sus compañeros de trabajo pudo entender, de ahí que le trataran de loco y de outsider, por más que él insiste, una y otra vez, en su absoluta normalidad... Como sugiriendo que lo anormal es vivir estresados y encarcelados por una ambición inexplicable, esa que nos indica que cuanto más dinero ganemos, más dinero querremos. 

Merece la pena leer a Eloy Pardo... Y escuchar a su Mr Hyde, Still Morris, claro. 



Tuesday, November 28, 2017

CAMBIO DE RITMO, POR ELOY PARDO




Este viernes, primer día del mes de diciembre, Eloy Pardo presenta su libro, "Cambio de ritmo". Vinculado durante décadas a la banca, Eloy podría muy bien haber acabado siendo uno de tantos ejecutivos podridos de dinero e infeliz para siempre. Pero un día se bajó del tren en marcha y abandonó los vagones donde viaja la opulencia. Volvió a la música, se negó a ser uno de tantos que dicen "Si yo hubiera...". Hay mucha inteligencia en este libro, que es bastante más que una autobiografía.
... Lo presentamos el viernes a las siete de la tarde en la librería "Ábacus", en el Pasaje de Juan de Austria en Valencia.
No te lo pierdas, habrá sorpresas.

Friday, November 24, 2017

LA PAELLA DE LORRAINE

Lorraine Pascale es una bella ex-modelo británica que presenta un programa en un canal de cocina. Acostumbra a preparar platos especialmente suculentos. Le da igual que los ingredientes de la receta sean ya de por sí sabrosos y contundentes, nunca encuentra motivos para no añadir una plasta más de nata, chocolate o alguna suerte de salsa especialmente densa. La fórmula es rotunda: cuanto más sabor, mejor. 

Dada la espigada línea de Lorraine, doy por hecho que jamás se come los platos que cocina. De ser así, podríamos sospechar que trama el plan secreto de exterminar a sus seguidores -seguro que millones en todo el planeta- embozándoles poco a poco las arterias con cantidades ingentes de colesterol. 

Recientemente Lorraine se superó a sí misma con una receta española: la paella. La propuesta es gloriosa. Empezó sofriendo unas gambas en una sartén y una ingeniosa mezcla de cebolla y chorizo en otra. Lo de la cebolla no lo explicó, la sofreís y punto. Lo del chorizo es "porque me encanta". No es una innovación, en su receta de paella ya lo incluyó Melanie Griffith, lo cual explica que Antonio Banderas se hartara de ella. Lorraine completó el pochado con un chorro de jerez. ¿Por qué? Porque ella lo vale. Añadió guisantes, que es una cosa que inexplicablemente le echan algunos a la paella, sospecho que porque odian a sus invitados. No contenta con toda esta sarta de atentados culinarios, propuso a su audiencia que mezclara arroz convencional con bashmati. Acojonante. Seguramente aquel día no tenía piña en la nevera, pues sin duda la habría añadido a la receta. Tampoco me consta que recomendara presentar el plato con ketchup o, por aquello de lo hispánico, con jamón de Trevélez. 

Sé que los valencianos nos ponemos algo pesados con eso de que "la paella no es arroz con cosas", pero, qué quieren, yo no aso unas cebollas, les añado mayonesa y lo vendo como una calçotada. Y si por una de esas se me ocurriera semejante atrocidad, no se me ocurriría salir en la tele para promocionarla.

La globalización tiene cosas buenas, no hay duda, pero también ofrece algunos peligros. Asocio la condición postmoderna, como la llamó Lyotard, con algunos conceptos que, convenientemente elaborados, son sumamente interesantes: el mestizaje, el eclecticismo, la intertextualidad, el pluralismo metodológico... En su versión empobrecida, lo postmoderno se convierte en pastiche, en posverdad, en simulacro, en new age, en kitsch y en Donald Trump. 

Les cuento algo. Hace muchos años transitaba camino de Madrid por la antigua Nacional 3 en un autobús de línea. Cada lugar, cada topónimo, cada elemento del paisaje ofrecía a mis ojos algún significado: una mujer amada en el pasado, la procedencia de mi familia materna, una batalla trascendente, un vino memorable. Delante de mí se sentaba una mujer extranjera que apenas se interesaba por mirar por la ventana o que, si llegaba a hacerlo, no mostraba sino una profunda indiferencia. En una parada compró una coca-cola y unos doritos. No tengo nada contra la coca-cola ni los doritos, salvo que me parecen productos particularmente pueriles.   

Los refrescos yanquis, el maíz frito, el reaggetón, las películas de hostias, las cadenas de fast-food, el pressing catch y tantas otras majaderías por el estilo constituyen un lenguaje global, un juego de signos perfectamente reconocibles para cualquier terrícola. Su mundialización no es consecuencia de una fusión de culturas, sino del colonialismo cultural. Responde a la necesidad de significantes fáciles en un mundo complejo y sobreinformado donde la diversidad de pautas singulares resulta inquietante. 

Lo que me resulta irritante de la paella de Lorraine no es sólo el instinto patriotero que me invade cuando una inglesa tonta cree que puede hacer lo que le salga de los ovarios y llamarle paella impunemente. Lo tremebundo es esta sensación de que vale todo, de que todo lo que era sólido -por servirme de la afortunada fórmula de Antonio Muñoz Molina- puede desplomarse sin más y podemos hacer lo que nos apetezca con los restos en función de si uno sale en la tele o es una celebridad. 

No soy nacionalista, lo he dicho muchas veces. Pero creo que los elementos que configuran las culturas son respetables en la medida en que tienen un espesor, forman parte -a veces durante cientos de años- de la vida de la gente, tienen vida y sentido, provienen de un contexto y se asocian a unos rituales cuya significación siempre se escapa en alguna medida al profano. 

Quizá me estoy poniendo demasiado fatalista, pero últimamente me asalta la impresión de que estamos fabricando un mundo donde todo está mercantilizado, todo es intercambiable, todo vale lo que pueda servir como entertainment y se pueda cambiar por dinero. Deben ser cosas de la edad, pero a veces me parece que hoy todo es de como de mentirijillas. 

Friday, November 17, 2017

POR QUÉ HAGO TAI CHI

Eran mis tiernos años universitarios, aquella mañana pregunté a un ilustre catedrático de Historia de la Filosofía por el pensamiento oriental. Su respuesta me dejó helado: "Verá usted, es que la filosofía oriental es tan despreciable...Yo estuve hace años en la India, guardo un recuerdo desagradable. Hacía mucho calor, olía muy mal, todo estaba lleno de miseria. Olvídese de los orientales, estudie a Platón y a Kant. En cuanto a ellos... qué quiere que le diga: esa filosofía tienen y así les va."

Fue la respuesta de un racista y, lo que es peor, de un bárbaro, y consiguió provocar en mí, al menos en aquel instante, el efecto contrario al pretendido. Debo reconocer no obstante que nunca he llegado a profundizar en la sabiduría asiática. 

Quizá el primer mito del que habríamos de desprendernos es que existe algo a lo que podamos llamar "filosofía oriental". En cualquier caso existe una fecunda tradición mística asociada al budismo o al hinduismo que pobló la biblioteca familiar cuando a mi padre le dio por hacer yoga. Entró también Lao-Tsé y algunos otros textos extremo-orientales del entorno el confucionismo, el sintoísmo o el zen. Conviene de otro lado no olvidar que la filosofía europea fundacional, la griega, fue fecundada en parte por la egipcia, de la que apenas sabemos. O Averroes, gran difusor del aristotelismo, pieza maestra del pensamiento andalusí. Podríamos incluso preguntarnos si pensadores judíos como Maimónides o Spinoza no son en cierta forma "orientales", por no hablar, obviamente, de Jesús de Nazaret, cuyas enseñanzas morales iluminan el pensamiento europeo desde sus raíces semíticas. Puestos a rizar el rizo, se me ocurre incluso que el pensador más célebre de la actualidad, el "alemán" Byung-Chul Han, es en realidad surcoreano. 

...Será una filosofía "despreciable", pero hay que reconocer que el pensamiento no occidental es como poco prolífico e influyente. 

Yo, como aquel profesor idiota y como cualquiera de ustedes -aunque sólo los expertos en filosofía lo sepamos-, soy platónico y kantiano. ¿Por qué entonces practico tai chi?

La nuestra es una civilización cartesiana o, si lo prefieren, "mentalista". Desde Platón hemos fragmentado nuestra experiencia en dos mitades: espíritu y materia, mundo verdadero y mundo aparente, alma y cuerpo, concepto y sensación...Yo soy platónico o cartesiano sin haberlo elegido. Desde que recuerdo me he enfrentado a la realidad desde la coraza de los conceptos. Siempre me sentí fuerte en la palabra, en la abstracción, en el intelecto. Creía tener un cuerpo, pero no lo habitaba. 

Un día me di cuenta de que mi yo vivía en una discordia que estaba empezando a matarme. Mi cuerpo se amotinó, se enfrentó a aquel ascetismo clerical que le relegaba a la insignificancia y decidió vengarse de mí, revelándose como un monstruo dispuesto a devorarme. 

Descubrí ante aquella amenaza presentada en forma de violentos ataques de ansiedad que sabía pensar pero no sabía respirar. Tampoco sabía dormir, ni comer, ni caminar... No olía, no saboreaba, no dialogaba con mi estómago ni con mis pulmones. Sabía poco de mi voz y apenas nada de mi piel o de mis dedos. 

Una noche entré por primera vez en una clase de tai chi. Fui acogido con una sonrisa generosa y cordial por el shifu (maestro) y por los demás miembros del grupo... Advertí que ejercitaban aquellas formas o figuras con una misteriosa belleza, como quien se deja poseer por una cadencia que lleva miles de años sobre el mundo. Esa ritualidad, esa fluidez, sólo llegan a cobrar todo su sentido desde principios tan ajenos a nuestra lógica como los del yin y el yang.

No sé mucho del tai chi, sé que admiro su prodigiosa lentitud, su plasticidad, su delicada fortaleza. Con él descubrí la enorme importancia, y también la dificultad, de coordinar los movimientos; supe que tenemos hemisferios y que la respiración gobierna del cosmos de forma imperceptible. El taiji quan -que es como debemos llamarlo- es la conversión de viejas artes marciales en una suerte de danza. Cada giro, cada mano extendida, cada mirada al frente o a los lados se integran en un plan general que sólo encontraremos si decidimos perseverar en su busca. 

Hay una sabiduría frágil y a la vez enérgica en el tai chi, es apacible y sereno, pero puede ser también tempestuoso. 

Tengo un cuerpo, o mejor, soy mi cuerpo. Es algo que supe de niño y olvidé después. Lo estoy recuperando, aunque ya no como niño. Quiero pensar que el tai chi me hace más sabio, más al menos que aquel catedrático que viajó a Asia y no entendió nada. Más que el cartesiano que seguramente sigo siendo.   

Saturday, November 11, 2017

"MIEDO Y DESEO", POR ALEJANDRO LILLO

Ando ya días a vueltas con la presentación del ensayo de Alejandro Lillo publicado por Siglo XXI, "Miedo y deseo. Una historia cultural de Drácula (1997)", celebrada el pasado jueves 9 en la magnífica librería Ramón Llull, sita en el Barrio del Carmen de Valencia. 

Durante el acto, la catedrática de Historia Contemporánea Isabel Burdiel, autora de la edición de Cátedra de "Frankenstein o el moderno Prometeo", de Mary Shelley, se preguntaba por qué el relato de Bram Stoker aterraba a los lectores de su tiempo y conmueve a los actuales. Burdiel recomienda a los historiadores hacer uso del material que nos proporcionan los relatos para capturar esos sentidos de la experiencia de los individuos que habitan en silencio los interlineados de la teorización historiográfica. Lo que nos revelan las cartas que se intercambian los personajes de "Drácula" -por qué eso es esta fascinante novela, una serie de yoes que relatan a otros el temor y la ansiedad que les despiertan sus más profundas contradicciones- son ficciones inventadas por un fabulador, pero indican verdades que puede aprovechar el investigador que sabe cómo interpretarlas. 

¿Tiene sentido lanzar hoy una pesquisa sobre el Príncipe de las Tinieblas, ese monstruo de aires góticos que tan lejano parece en estos tiempos líquidos? Nuestros miedos han mutado, hasta el punto de que casi nos suscita cierta ternura el Boyardo, en la medida en que su maldición consiste en resistirse a morir. Hoy todo parece destinado a la obsolescencia, programada o no, todo transita ante nosotros convertido en mercadería, cualquier tentación de crear algo digno de permanecer está destinada al fracaso. Casi desearíamos ser mordidos en el cuello y convertirnos en vampiros ante la perspectiva de ser uno más de tantos zombis que deambulan como una legión idiota de compradores compulsivos dispuestos a devorarlo todo, sin apenas dejar tras sus pasos nada que merezca ser conservado.

Nuestro gran terror es hoy la falta de tiempo y de espacio. Necesitamos un momento de receso para reflexionar y pensar en lo que nos pasa. Quizá sea eso lo más revolucionario, hacer agujeros en la cárcel de prisa y consumo que nos captura y contemplar con detenimiento. Si queremos entender lo que nos pasa -y ésta no es sólo labor de historiógrafos, pues se me antoja una cuestión de supervivencia para todos- necesitamos saber interpretar los mensajes que provienen del pasado. 

Lo he dicho otras veces, los últimos años del siglo XIX -y "Drácula se publica en 1897- son un momento crucial. Por maestros pensadores como Marx, Nietzsche y Freud sabemos que la Verdad es una construcción sobre la que debemos lanzar todo tipo de sospechas. Lo que sucede a los verdaderos héroes de la novela -que son antes Jonathan Harker, Mina o Lucy que los resueltos Seward o Van Helsing que lanzarán la cruzada contra el vampiro transilvano- es que son personajes en plena transformación. Lo son sin ellos saberlo, y lo son antes incluso de ser mordidos por el monstruo. Es una mutación histórica y todavía balbuceante en la que se está desplomando la imagen clásica del sujeto. Tras el paroxismo de los textos de Nietzsche se yergue la sombra de las terroríficas catástrofes que aguardan y que desangrarán el mundo durante la primera mitad del siglo siguiente hasta casi destruirlo. 

Compara Alejandro Lillo la ridícula autocomplacencia de los occidentales de aquel periodo con el caso del Titanic, esa maravilla de la tecnociencia que se declaraba insumergible. El monstruo que le envió a pique no era el hielo que sobresalía, sino sus oscuras profundidades. Aquello fue un aviso que no supimos escuchar. No quisimos enfrentarnos a nuestras vampiros internos, a nuestros deseos, a nuestras violencias... los mantuvimos entre tinieblas en forma de monstruo. Cuando ese monstruo se despertó ya era tarde. 

Como dije el jueves en Ramón Llull, debemos volver a leer el Drácula de Bram Stoker. Entonces entenderemos por qué conviene leer este "Miedo y deseo", de Alejandro Lillo.   

Friday, November 03, 2017

CLASES DE ISLAMISMO

El Govern Valenciano ofrecerá el próximo curso clases de religión islámica en aquellos Centros donde lo demanden seis o más alumnos. En un principio la propuesta parecía referirse a "zonas especiales", barrios con cifras muy altas de población musulmana. Con la cifra de mínimos que se nos ha dado ahora, entiendo que cualquier escuela o instituto público de una ciudad como Valencia tendrá en breve en plantilla un profesor enviado por la comunidad islámica. 

Hace un par de años, el Consell Escolar del IES Benlliure decidió no admitir a una alumna que se negaba a quitarse el hiyab en el aula, como le exigían los profesores en atención a las normas del Centro, las cuales prohíben entrar a clase con la cabeza cubierta con gorras, sombreros o pañuelos del tipo que fueran. No era difícil -al menos para mí, que conozco el percal educativo- entender que lo que estaba en juego en el asunto era algo más que el cuidado de la cortesía en el atuendo. Cuando la Vicepresidenta Oltra intervino en el asunto, obligando al Benlliure -y a todos los demás Centros- a aceptar el uso del hiyab en las aulas, lo que muchos sentimos es que acababa de desautorizarnos y erosionar la autonomía de la comunidad educativa. 

Lo que Oltra y sus muchos admiradores no son capaces de entender es que este asunto amenaza uno de los principios sustanciales de la normalidad democrática: la laicidad de las instituciones. El problema no es si uno puede cubrirse o no la cabeza en clase, sino si la religión es motivo suficiente para determinar las normas que establecen la convivencia. La fe en democracia afecta a la vida privada, es absolutamente respetable, y por eso uno de los principales artículos constitucionales alude a la libertad de conciencia. A mí no me molesta en lo más mínimo que una joven acuda con hiyab a clase, lo que no concibo es que sus razones para cubrir su cabeza valgan más que las de cualquier otra persona sólo por ser religiosas. De ello se infiere que el principio de que la religión es una cuestión privada salta por los aires. 

Un alumno podría cubrir su cabeza con un pañuelo en homenaje a un allegado asesinado por una banda de delincuentes, o con un sombrero mexicano en recuerdo de la patria a la que desea regresar... Da lo mismo, son motivos igualmente personales, no importa si las creencias que uno profesa son compartidas por nadie o por mil quinientos millones de personas, el principio de laicidad rige en todos los casos. Si vale cubrir la cabeza, vale para todos; si no vale, todos han de ir igualmente descubiertos... ¿Es tan difícil de entender?

No olvidé este asunto, pero decidí no graznar más sobre el mismo porque entiendo que parte esencial de la misión de un gobernante es evitar conflictos. Quizá la instrucción enviada por el Govern a los Centros era la más prudente, quise pensar. Pero con la última  decisión mi prudencia anterior me suena a ingenuidad. Es más: creo que confirma que la anterior tuvo más que ver con la corrección política y con la inconsistencia ideológica de algunos miembros del Govern que con la sensatez. 

Veamos. Quien defienda la medida argumentará -seguramente con buena fe- que los islámicos se hallan discriminados por el hecho de que sólo los católicos dan clases de Religión. Yo añadiría que lo están igualmente los judíos, los Testigos de Jehová o los animistas africanos. Pero los que sobre todo lo están, en mi opinión, son los no religiosos, que tienen que sufragar unas prácticas de catecismo que nada tienen que ver con ellos. Y eso si no hablamos de lo demencial de la Lomce, que equipara una asignatura doctrinal y confesional a cualquier otra materia de carácter científico.

Cuidado, no tengo ningún problema en aceptar las clases de cultura religiosa, que habrían de encontrar en las grandes religiones, y muy especialmente en el cristianismo, la base de la formación moral occidental, con un tratamiento también considerable del Islam. A nuestros jóvenes les falta cultura religiosa, no tengo duda, pero la asignatura no tendría un objetivo evangelizador, de manera que la impartiría un profesor no elegido por la Iglesia. Yo mismo me considero perfectamente capacitado para la empresa.

La situación no es la ideal, desde luego: acabar con la presencia de clases destinadas a la evangelización católica en la enseñanza pública me parece complicado. Pero lo que no entiendo es por qué, si ya tenemos un problema con los católicos, queremos tener otro más con los musulmanes. Se me ocurren algunas preguntas para el Conseller Marzà y la Vicepresidenta Oltra:

¿Se han preguntado por qué la jerarquía católica no ve con malos ojos la medida que piensan tomar? ¿No será que con ella están de alguna manera dándoles la razón en su guerra contra el laicismo?

¿Enviarán las congregaciones religiosas musulmanas a los profesores de islamismo como ya sucede con los de religión católica, pagados por todos pero seleccionados por los obispos?

¿Cuánto costará al erario público la medida? O mejor: ¿cuánto habremos de sumar por las clases de islam los no creyentes en nuestros impuestos a lo que ya pagamos -a la fuerza- por las clases de catolicismo?

¿Cuando seis alumnos Testigos de Jehová o seguidores de la Cienciología pidan un profesor que les imparta esa religión les dirán que no? ¿Con qué criterios?

Si aparecen seis alumnos que profesen la religión pastafari, ¿enviarán un especialista en dicha fe? Preciso: el pastafarismo cree en una deidad llamada "Monstruo del Espaguetti Volador"; cuenta con numerosos adeptos en los EEUU. Si un alumno pastafariano entrara en mi clase con una olla de espaguetis en la cabeza no tengan ninguna duda que le permitiría el acceso.

Mónica Oltra me aplaudiría por ello, ¿no?

Friday, October 20, 2017

VOLVER A LA ACADEMIA

La noción extendida sobre el idealismo político de Platón es, sospecho, tan inexacta como la que define el "amor platónico": aquél que inunda el alma con su luz deslumbrante sin manifestarse en tanto que deseo sexual. No abandono el error y sus consecuencias si afirmo que el intelectual llega a morar en el mundo de las ideas desde el momento en que renuncia a los juegos de la política, a sus vanidades, a sus injurias. 

Veamos. En la Carta Séptima un Platón ya veterano reconoce haber renunciado a la "política activa". Sometida ésta a toda suerte de vértigos y mezquinos intereses privados, la distancia entre el ideal de justicia y la práctica cotidiana del poder se le hace insoportable. 

Sabe bien por qué dice lo que dice. Su amado maestro, Sócrates, fue condenado a muerte por la Asamblea tras un duro proceso en el que hubo de defenderse de las insidias de sus numerosos y encarnizados enemigos. Se le reprochaba connivencia con el gobierno tiránico y filoespartano de Los Treinta, entre los que figuraba alguno de sus familiares. No contempló suficientemente la Asamblea que cuando Los Treinta "invitaron" a Sócrates a participar en una caprichosa detención éste arriesgó el pellejo negándose a obedecer. ¿Cómo puede la polis condenar al más justo y sabio de entre los hombres?, se preguntaba el joven Platón mientras asistía junto a sus condiscípulos al momento en que el maestro tomó la cicuta.  

Traumatizado para siempre, decidió abandonar el Ática y descifrar los secretos de la sabiduría entre las ruinas de Egipto, donde tuvo noticia de la Atlántida. Viajó a Siracusa para habitar en la corte de Dionisio el Viejo en calidad de asesor político, habida cuenta de la fama que ya había alcanzado en Atenas como sabio de la filosofía y las matemáticas. 

Allí conoció al joven Dión, a quien guió en su viaje hacia el resplandor de la verdad suprema, la idea de Bien. Platón entendió que el hedonismo que dominaba a los habitantes del sur de la Itálica alejaba al reino de cualquier proyecto político basado en la Justicia. Aquello terminó por enojar el viejo Rey de Siracusa, sobre todo cuando, tras espetar a Platón que hablaba "como un viejo cascarrabias", éste le contestó que prefería ser un cascarrabias antes que un tirano. Dionisio captó la indirecta, de manera que si Platón salvó la vida fue sólo por su prestigio en el Mediterráneo Oriental, que hizo pensarse al Rey la tentación de sacarle a aquel sabiondo la piel a tiras. Hubo no obstante de abandonar por mar Siracusa en calidad de cautivo, terminando por ser vendido como esclavo en el puerto de Egina, ciudad que había jurado matar a cualquier ateniense que pisara sus calles. 

Un misterioso cirenaico, reconociendo al filósofo, pagó su precio con la única intención de liberarlo para ayudarle a regresar a Atenas. Dión, al conocer la peripecia de su amigo, reembolsó al cirenaico lo invertido, pero éste, convencido de haber actuado con justicia, invirtió aquel oro en comprar un terreno en el Ática para que Platón cumpliera su sueño de fundar la Academia. 

Me atrevo a pensar que aquel gesto de un casi anónimo admirador de la filosofía es uno de los hitos fundacionales de la civilización europea. La Academia, pese a que siempre hubo laureados y plebeyos empeñados en su destrucción, duró casi un milenio. Ya bajo la dirección de su templo, Platón no dejó de afirmar su desprecio por quienes se dedicaban profesionalmente a la política. Y, sin embargo, nunca olvidó que su supremo interés era formar a los futuros salvadores de la polis. Además, no es cierto que hubiera abandonado los corredores del poder para siempre. Hubo nuevos viajes a Siracusa. 

Su segundo estancia no fue más tranquila que la primera. Dión le notificó con entusiasmo que, fallecido ya el viejo Rey, había subido al trono Dionisio el Joven, de quien esperaba grandes cosas. Su decepción debió ser colosal. Cuando llegó el maestro se encontró con un escenario mucho más oscuro de lo que imaginaba. El Rey acusaba a Dión de formar parte del cenáculo de quienes conspiraban contra él. Dión fue finalmente obligado a exiliarse y la posición de Platón se complicó, pues inevitablemente se le asociaba al hombre caído en desgracia. Sin embargo, el Rey insistió al viejo en que siguiera a su lado. De alguna manera su prestigio le era útil, pero Platón se sentía poco menos que como un esclavo privilegiado y tomó la senda del puerto para regresar al Egeo en cuanto pudo. No sería la última visita, hubo una tercera en 360. 

Algún tiempo después, y contra todo pronóstico, Dión decidió regresar triunfal de su exilio con un ejército de mercenarios con el que derrocar al Rey de Siracusa. Invitó a Platón a formar parte de aquella guerra, pero el viejo maestro se negó, haciendo ver a Dión que aquel intento de imponer un gobierno justo por la fuerza era lo contrario de lo que le había enseñado. Dión acabó finalmente con el tirano, pero su gobierno fue igualmente tiránico y no tardó en ser a su vez derrocado y muerto. Platón fue también inquirido por los nuevos apoderados de Siracusa. Les insistió en que intentaran que su gobierno se basara en el ideal de justicia y no en la fuerza de las armas. Obviamente no le hicieron caso.

Platón vivió ochenta años, una longevidad digna de dos vidas en su tiempo. Nunca dejó de pensar sobre la única de sus verdaderas obsesiones, que no eran las matemáticas, ni la metafísica, ni el amor, sino la polis y la posibilidad de construir un gobierno justo. 

Vivimos tiempos en que cualquiera se cree capaz de efectuar estimaciones políticas desde la barra de un bar, pegando alaridos desde twitter, exigiendo porras y encarcelamientos o colgando una bandera en un balcón. Yo reclamo regresar a la Academia, porque la política -como las matemáticas, como el amor, como la vida- es una forma de sabiduría, seguramente la mayor de todas.  

Saturday, October 14, 2017

FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, PROTECTOR DE LOS INDIOS

En momentos de zozobra uno tiende a regresar a sus referentes. Es, supongo, una manera de ceder a un instinto de autoprotección. Debe ser esa pulsión freudiana la que me inclina a regresar a los ensayos de Juan Goytisolo, concretamente a Furgón de cola, un texto de 1962, cuando en pleno desarrollismo el Régimen intentaba adecentar la fachada ante la afluencia extranjera. Un artículo olvidado sobre el esencialismo hispánico de Menéndez Pidal despierta mi atención. 

La trascendencia de la ingente obra investigadora de RMP sobre la literatura castellana no admite dudas ni regatea agradecimientos en el joven Goytisolo que, conviene no olvidarlo, escribe desde el exilio voluntario de París. 

RMP estaba obsesionado por Fray Bartolomé de las Casas, sobre el que lanzó todo tipo de imprecaciones, por ejemplo la de estar "loco de remate" o la de ser un resentido y un paranoico obsesionado con envenenar las glorias de la colonización americana. Como sabemos, Las Casas ha pasado a la historia como fundador, junto a Francisco de Vitoria, del llamado "derecho de gentes", origen de una larga secuencia ética y jurídica cuya estación final, a siglos de distancia, sería la Declaración de los Derechos Humanos. 

En Destrucción de las Indias, en un momento todavía muy temprano de la colonización, Las Casas presenta una descripción interminable de atrocidades cometidas por los conquistadores, cuya crueldad sin límites se ensañaba sobre las comunidades indígenas por la enfermiza obsesión de encontrar oro y plata. Ya en escritos anteriores, producto de un esfuerzo incesante que mantuvo durante su larga vida y hasta la muerte, Fray Bartolomé trató de llamar la atención de las autoridades de la metrópoli sobre el trato inhumano que se otorgaba a los indios. El cronista Gómara, acompañante de Cortés, presentaba como gloria de conquista sobre los bárbaros lo que el dominico desenmascaraba como una suerte de tropelías y un escenario infernal de sangre e infamia. 

Las Casas nunca tuvo dudas, lo único que justificaba el imperio era la evangelización de los indios. Quizá fuera un asceta y, como sugiere RMP, un iluminado del diablo, destinado a alimentar la leyenda negra que los enemigos europeos escamparían después sobre el imperio donde no se ponía el sol. Ciertamente, su biografía está llena de sinuosidades y contradicciones, aunque lo que RMP presenta como las debilidades de un tipo movido por la envidia, constituyen a mis ojos -y creo que a los de Goytisolo- las trazas de un coloso, un personaje fascinante cuya influencia sobre el mundo moderno habría de situarle al lado de un Erasmo de Rotterdam y como precursor de monstruos como Rousseau. 

Las Casas se equivocó en muchas cosas, pero cada vez parece menos claro que fuera un "exagerado patológico", como pretende RMP. Es cierto que demandó a Su Majestad el envío de "negros africanos" con los que trabajar en las minas para evitar la muerte masiva de "mis indios", pero también lo es que antes de morir se arrepintió de aquella evidente incongruencia. A ella por cierto se refiere Borges  con considerable injusticia en uno de sus relatos de Historia universal de la infamia, el titulado El atroz redentor Lázarus Morell.    

Llama la atención la insistencia de RMP en ensalzar la figura de Juan de Vitoria para desacreditar la de Las Casas en tanto que creadores del "Derecho de Gentes". Pese al acuerdo de ambos dominicos en la defensa de los indígenas, Vitoria acepta que las necesidades comerciales justifican las guerras y la esclavitud hacia los insurrectos, en razón de la estéril barbarie de los nativos, incapaces de explotar los recursos naturales porque carecen de la iniciativa de los conquistadores. Son hijos de Dios y, por tanto, humanos, pero no como nosotros, se diría que son niños que necesitan el cuidado y la instrucción de un adulto. Vitoria, a ojos de Menéndez Pidal, legitima la conquista, la humaniza... Vigila posibles excesos pero, en última instancia, acepta que la violencia y el expolio son un pequeño precio a pagar para los indios, que saldrán de su condición prehistórica gracias a tantos y tantos bienes como les transmitirán los españoles. 

¿Por qué ese "resentido" sevillano que llegó a ser Obispo de Chiapas y nombrado por la Corona Protector Universal de Todos los Indios no supo apreciar la grandeza de la empresa? Sólo era un destructor, nos hace ver RMP, un fraile trastornado por los Trópicos que se quedó en ideales medievales. Curioso, es en Vitoria en quien RMP ve la modernidad y en Las Casas donde se manifiesta un pasado que el Renacimiento está ya dejando definitivamente atrás. 

Las Casas, y aquí interviene Goytisolo con evidente acidez hacia Menéndez Pidal, no quiso ver la esencia eterna de la España del Cid, no entendió esa metafísica surgida de los páramos castellanos que convirtió a los conquistadores en arquetipos de un destino universal. La españolización de las Indias era el cantar de gesta que necesitaban los juglares después del Mío Cid y que, en la línea del Amadís, demostraban nuestra condición de nación elegida. 

La gloria, de nuevo la gloria, siempre la gloria... César, el Cid, Amadís y las Sergas de Esplandián disculpan crímenes, matanzas, esclavitud, matanzas, destrucciones. El gran poder militar y las grandes guerras en que sueña nuestro historiador. El gran poder militar y las grandes guerras en que sueña nuestro historiador han sido creadas, diríase, para templar el duro ánimo de los españoles. Singular privilegio el nuestro. Poseedores de un destino particular y único. De una Meseta impregnada de valores metafísicos. De una misteriosa esencia a prueba de milenios.

Esto decía Juan Goytisolo en El furgón de cola. Murió, con una repercusión ridícula, el año pasado. Nació en Barcelona, pero está enterrado junto a Jean Genet en Marrakesh. Sin duda era un mal español. Y también un mal catalán. 

Friday, October 06, 2017

NO, AMIGOS, LA REPÚBLICA CATALANA NO ES UNA OPORTUNIDAD

Algunos amigos han intentado convencerme en las últimas semanas de que el "Procés" y su resolución deseada, el nacimiento de la República de Catalunya, constituye una inmensa oportunidad de hacer una sociedad mejor, y no sólo para los propios catalanes, también para los demás pueblos que forman parte actualmente del estado español.

Miren, yo creo que arrastramos algunos hábitos de pensamiento que remiten a un paisaje socio-político felizmente al actual: el Régimen de Franco. En lugares como Catalunya o Valencia, aunque también en Galicia o Euzkadi, la oposición a la Dictadura hizo embarcar en la misma nave a fuerzas tan dispares como el comunismo y el cantonalismo. Franco no sabía muy bien de qué hablaba cuando se refería a "la conjura judeo-masónica" como quien nombra a la bicha, pero creo que reunía bajo tan delirante palabro a todos los que le molestaban. En cuanto a aquellos, incluso en Madrid coreaban canciones de Lluís Llach creyendo que aquella estaca que entre todos habríamos de tumbar era el Tirano y no la idea de España.

Décadas después seguimos equivocándonos, no entendemos que aquella convergencia era coyuntural. Uno puede creer que es muy progresista pretender autogobernarse, pero no parecen serlo tanto el empeño en levantar muros y fronteras, la obsesión identitaria o la negativa a aportar fondos solidarios y de cohesión hacia comunidades menos desarrolladas. Tampoco conviene olvidar el daño que al movimiento obrero le han hecho históricamente los nacionalismos, auténtico cáncer para el proyecto de las distintas Internacionales proletarias. 

Y sí, la izquierda es por lo común más sensible al hecho diferencial y el carácter plurinacional del Estado por una sencilla cuestión de principios éticos. La derecha suele ser nacionalista, no hay más que fijarse en el PP, en Trump o en Le Pen, con lo cual no es sorprendente, frente a los nacionalismos que le perturban, que opte por el derecho de conquista y la ley del más fuerte, de lo cual tuvimos un ejemplo en las brutalidades del 1-O. El diálogo le interesa bien poco. 

Volviendo a los principios que siempre definieron el discurso de izquierda, no creo que nos encontremos ante una revuelta de clase, sino más bien ante un motín de trasfondo identitario dirigido por una burguesía cantonal.

¿Y la CUP? Sospecho que es lo que los biólogos llaman una especie oportunista. Quizá toda revolución necesite sus sans-culottes, pero dado que la obsesión de Puigdemont y su gente es ahora mismo el reconocimiento del Estado Catalán por la Troika europea, no veo que la CUP, por su supuesta vocación antisistema, termine siendo para ellos otra cosa que un estorbo. Y ya sabemos cómo acabó Robespierre. 

Advierto en los autores del Procés una tendencia a ver el Mal en lo español, identificándolo con la idea de un Estado opresor. Este planteamiento tiene bases históricas, no hay duda, pero parece difícil convencer a un jornalero andaluz de que el Estado es un mal en sí mismo, pues para aquél el mal no es el conglomerado nacional del que forman parte, sino los latifundios y los caciques. Es esta la razón por la cual en Andalucía, al contrario que en Catalunya, jamás gobierna la derecha. 

No es nada escandaloso que para un ciudadano de Catalunya los españoles resulten plastosos y antipáticos, pero hablar de la descomposición de España como una oportunidad para todos los pueblos que conforman el viejo Estado es saltar de forma tramposa desde la propia fobia hasta los intereses de los vecinos frente a los que uno planea levantar muros en breve. En este sentido, pertenecen a la misma lógica las opiniones que llaman fascista a Joan Manuel Serrat -hay que ser ignorante- que las que nos identifican a todos los españoles con Rajoy. Pretender que España sea -como he oído últimamente- un "estado fallido" es no saber lo que es un estado fallido, aludir a lo español como perverso me parece un ejemplo de racismo. 

Subyace, aunque raramente se enuncie, la presunción de que "los catalanes somos mejores, ergo nuestro Estado será mejor". En un tiempo en que el sistema parlamentario ha fracturado su credibilidad social por la corrupción, cuesta aceptar el complejo de superioridad catalán teniendo en cuenta que el asunto del tres por ciento es uno de los casos de corrupción sistémica más escandalosos que jamás hayamos conocido. No obstante siempre he pensado que Catalunya es una nación con más inclinaciones europeístas que el resto de comunidades del Estado, quizá incluso sea -y acaso estoy ya cayendo en el racismo que denuncio- más civilizada y pacífica, pero los mecanismos de su innegable prosperidad son burgueses. Eso no es malo ni bueno, pero es suficiente para que no pensemos que lo que está emergiendo es una república socialista. Conviene no olvidar que el fenómeno de la lucha obrera en el Principado está a lo largo de la última media centuria vinculado a la inmigración procedente del Sur de España, la cual no se siente mayoritariamente representada por los independentistas. Lo que ahora presenciamos no es un episodio de la lucha de clases, es otra cosa. 

He defendido en distintas ocasiones el derecho a la autodeterminación de Catalunya. Voten que sí si creen que les va a ir mejor sin nosotros, pero no me pidan que comulgue con una operación que va a lesionar seriamente el futuro de millones de personas que, honestamente, creemos que España está mejor con Catalunya que sin ella. La verdadera oportunidad es luchar entre todos para alcanzar una sociedad más justa.   

Friday, September 29, 2017

RUPTURAS

Ya sé lo que dije, que no volvería a dar la murga con el asunto catalán, pero como dice el Doctor House, "Everybody lies". Está siendo omnipresente en estos días, y malicio que lo va a ser por mucho tiempo, en parte porque muchos catalanes creen que deben asumir ese protagonismo en el momento actual, pero también porque las fuerzas que lideran la célebre colisión les viene de cine para hacer crecer su popularidad entre sus votantes. Rajoy y Puigdemont coinciden en muchas cosas, los dos son malos gestores de la cosa pública y saben que el "procés" les puede ayudar a disimularlo; los dos son de derechas y creen que la desigualdad es un bien; los dos dirigen partidos sumergidos en las pútridas aguas de la corrupción... y, últimamente, me asalta a menudo la impresión de que son un par de irresponsables. 

Otra sensación que me sobreviene recién es la del hastío hacia ese rol de "moderación" o "equidistancia", cuando no de "neutralidad", que desde una y otra trinchera se atribuye a quienes piensan como yo respecto al asunto. Yo no soy moderado, yo soy un demócrata radical, lo suficiente como para entender que en cualquier conflicto, especialmente en los más inflamados, la posibilidad de imponer la propia voluntad sin ceder en nada pasa por arrollar al oponente, algo de lo que ya hemos tenido larga experiencia en la piel de toro. 

Pues bien, andaba yo de matutino paseo hacia el trabajo en estas cogitaciones y desvaríos cuando súbitamente me invadió una nueva y misteriosa intuición, la cual -debo confesarlo- no hace sino crecer según pasan las horas: ¿por qué no aceptar la posibilidad del "adiós"? No pensaba en Catalunya en ese momento, no sólo en ella, pensaba en lo que ha sido mi vida. 

Hagamos memoria. Mi biografía está repleta de rupturas. Decía Cioran que de responder a sus primeros instintos se pasaría el día escribiendo cartas de injurias y despedidas. En mí no son instintos, ha sido la vida, qué sé yo... las circunstancias, mi impaciencia, la plomiza contumacia de mis prójimos.

A lo largo de mi vida he amado a pocas mujeres, lo hice siempre sin grandes añagazas y con pocas traiciones dignas de grandes coros trágicos... las amé a veces con manifiesta imprudencia. Alguna que otra, como es fácil suponer, me dejó tirado en la estacada. No se lo reprocho, merecían a alguien mejor o a alguien peor que yo, estaban desajustadas conmigo y tuvieron la perspicacia para verlo antes que yo. Se fueron, lloré mucho, sobreviví... salí de aquello sin romperme del todo, creo que incluso siendo mejor de lo que fui.  

Ha pasado lo mismo con ciertos vínculos afectivos o del tipo que sea que llegaron a adquirir mucha intensidad. Algunos se cortocircuitaron en algún momento y se apagaron para siempre. A veces, la cómoda posibilidad de satisfacer los deseos de aquellas personas o de hacerles creer que yo era quien ellos creían y seguramente deseaban me hizo quedar entre la espada y la pared... y opté por la ruptura. Dejé de verles y disipé las dudas respecto a si podría vivir lejos de aquellas personas. Son situaciones duras, dejan jirones en el alma, pero la experiencia me demuestra que el martirio de soportar a tiranos toda la vida es mucho más atroz que el miedo a sentirnos solos y desamparados cuando nuestro barco se aleja hacia alta mar de aquella isla de aires pútridos en la que permanecimos tanto tiempo. 

Llevo semanas intentando convencer a los secesionistas de que no me abandonen. En las últimas horas me asiste el desánimo, no es porque crea que van a ganar "la batalla", sino porque si hay algo que pisotea mi dignidad es que haya de acompañarme alguien que no desea hacerlo. Tengo vocación de muchas cosas malas, pero no de pelmazo. Estoy pensando en las tremendas cesiones que el Gobierno de España tendrá que hacer a Catalunya para aplacar por un tiempo la tentación soberanista, como por cierto ya se hizo con el País Vasco. Pienso en lo mal que le va a mi tierra, el País Valenciano, ferozmente discriminado con la financiación de las autonomías y... no sé, pienso que esto de optar por el Estado roto o el Estado de los privilegios es como lo del fuego y las brasas. 

Sí, señores de la Catalunya independentista, yo también pienso en lo mío, a ver si se han creído que los demás somos tontos.