Tuesday, May 15, 2018

MAYO DEL 68 (I)

Para ser una insignificancia sobrevalorada, un bluff políticamente intransitivo o una ficción romántico-burguesa, hay que reconocerle al Mayo Francés que es una mentira con mejor salud que muchas verdades. 

La tradición nos lega dos enfoques aparentemente opuestos para juzgar los acontecimientos de París en la primavera del 68. Para los reaccionarios más rancios, Mayo y otros "desórdenes" juveniles característicos de la década de los sesenta son los causantes de la corrupción moral que erosiona las comunidades tardoindustriales. Alejados del ascetismo moral y los templos, los ciudadanos han sucumbido a los cantos de sirena del egoísmo narcisista, el materialismo, la indisciplina o el relativismo ético. Para la izquierda ortodoxa, Mayo es pura impostura, una desviación burguesa que, desde el desorden y la inconsecuencia de sus métodos y propuestas, fue incapaz de construir un armazón revolucionario, diluyéndose finalmente en su propia puerilidad, más dada a los slogans de impacto que a la construcción de instituciones revolucionarias. 

En los últimos años ha ido ganando terreno una interpretación algo más elaborada, aunque su intención es igualmente desacreditar la aventura parisina. Los liberacionismos de los sesenta y Mayo del 68 en particular habrían proporcionado al nuevo capitalismo del corsé cada vez más incómodo de la moral victoriana. En estos términos se expresa la  por algunos llamada "teoría asimilacionista", según la cual el ciclo contestatario juvenil que emerge en esos años protege ideológicamente a su supuesto enemigo. Individualismo consumista, nomadismo hippie, culto a la flexibilidad, sospecha respecto a toda restricción a la libertad ("Prohibido prohibir")... Estas consignas prepararían el terreno al neoliberalismo que ha marcado en nuestro tiempo la hoja de ruta de la globalización. Nada como un sujeto desconectado de sus redes sociales o políticas, nada como la renuncia a toda forma institucionalizada de representación y regulación puede satisfacer mejor los intereses de las corporaciones que hoy dominan el mundo. 

Interesante hipótesis. Interesante y equivocada, además de mezquina y maliciosa, como intentaré demostrar. 

Si queremos afinar el análisis y no caer en los peores tópicos debemos empezar asumiendo que el acontecimiento que hoy conmemoramos tiene sentido dentro de un determinado contexto histórico. Nos referimos entonces a la crisis del gaullismo y, en general, a la crisis del paisaje político heredado de la posguerra y que, concretamente en Francia, se alimentó de un mito tan discutible como el de la Resistencia. También es relevante el fenómeno de la descolonización, con mucho más impacto en Francia que, por ejemplo, en España, que por cierto perdió su única colonia africana, Guinea Ecuatorial, precisamente en 1968. O la masificación universitaria, un fenómeno novedoso en aquel momento. O al incuestionable prosperidad, que invita a pensar en Mayo como una crisis de crecimiento. Todo ello sin olvidar que París-68 es uno más entre otros muchos incidentes de amotinamiento ciudadano más o menos espontáneos que, en algunos casos como México DF o Praga, fueron reprimidos de forma sangrienta. 

"Todo ha ido a peor desde entonces", dicen los escépticos. En la opción más pesimista, es decir, si aceptamos que el mundo que hemos creado desde Mayo es un fracaso, podríamos argüir que nos iría aún peor si no hubiera habido barricadas en París o que, en todo caso, el problema es que, desgraciadamente, los que levantaron las barricadas fracasaron, lo cual es muy distinto a echarle las culpas a aquellos de nuestro actual malestar. 

Comparto el lamento por la despolitización de las sociedades contemporáneas. Pero basta repasar a grandes rasgos el episodio parisino  -su frenética actividad asamblearia, sus debates, sus textos, se encarnizada efervescencia artística y creativa, sus actos colectivos y reuniones de todo tipo- para entender que de lo que se trató en aquellas semanas tan inquietantes y convulsas era de recuperar la iniciativa ciudadana desde las calles. Sólo la izquierda más rancia y burocratizada, esa a la que Mayo pretendía desclericalizar, se puede acusar al 68 de pretender alejar a las multitudes de la lucha política. Otra cuestión es que la movilización escapara de las manos del PCF o los estalinistas, pero es que ellos formaban parte también de la trama que cuestionaban los amotinados. 

¿Individualismo? Yo iría con cuidado en el uso de ciertos conceptos especialmente pregnantes como éste. Mayo del 68 tuvo desde el primer momento una dimensión multitudinaria y colectiva, pero siempre asumió la radical diversidad y autonomía de las unidades que participaban en las asambleas y salían después a las calles a gritar. La modernidad es posible sólo a partir de la libertad de los sujetos. No discuto que el capitalismo ha intentado convertir ese individualismo en puro marketing, en signos de rebeldía simulados que no conducen a la mejora de la sociedad sino al conformismo del consumo. ¿Tan difícil es entender que lo que pretendían los mayistas es justamente lo contrario, es decir, rearmar al sujeto para convertirlo en un ciudadano crítico, activo e independiente? Mayo no nos despolitizó con sus críticas al stablishment político y económico. Lo que hizo fue más bien construir barricadas para contener el avance de ese proceso que ya empezaba a apoderarse de las sociedades evolucionadas. Y en eso Mayo sólo es una pieza más dentro de un serial que abarca toda la década y que, desde la llegada al poder de Kennedy, pone en la calle a los negros, las mujeres, los jóvenes, los homosexuales y tantos otros colectivos con el objetivo de convertirlos en actores políticos frente a las oligarquías que dominaban el mundo. 

Quizá debamos dar por fracasada la Revolución si de lo que se trataba era un mundo sin guerras del Vietnam, sin hambre o sin mandarinatos... Yo creo que el problema es que la mayoría hemos nacido ya en medio de un paisaje de libertades que hemos naturalizado, como si no hubiera costado sudor y sangre conseguirlas. Somos machistas, pero no sabemos lo que era ser mujer hace medio siglo; creemos que la escuela fue siempre como ahora y no cárceles de dominación y violencia; sabemos poco del aborto secreto, o del hostigamiento a las que se separaban o buscaban métodos anticonceptivos; nada recordamos de lo que suponía para un joven estar obligado a ir a todas partes con un traje hecho a medida por un sastre; la represión furibunda del amor en general y de la diversidad sexual en particular; el autoritarismo y la jerarquía incuestionable en la relación familiar; el poder moral de los sacerdotes... Si quieren sigo con el catálogo de horrores.

Y todo esto no se consiguió porque graciosamente nos lo concedieran los gobernantes. Son las multitudes indignadas y organizadas las que transforman el mundo. No es lo más cómodo, desde luego, pero es lo que enseña la Historia. 

Chacun de nous est concerné 

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